Adiós Miliki

Hoy van a permitirme que no hable de economía, ni de mercados, que no hable con el hígado y sí con el corazón. Para Antonio Machado, su infancia eran recuerdos de un patio de Sevilla. Para la gente de mi generación, eran cuatro tipos en blanco y negro, con zapatos largos como góndolas y una especie de grano grande en la punta de la nariz. Un día, como si fuera un milagro, esos cuatro personajes pasaron a verse en color rojo, y pudimos ver a dos con un bombín, y a otro con una gorra a cuadros que tiempo después supimos que era escocesa. Eran uno más que los Reyes Magos pero, como nos pasaba en Navidad, cada uno en la casa tenía el suyo preferido. Unos preferían a Fofó, otros a Fofito, (Gaby la verdad tenía pocos seguidores, porque nos daba siempre un poco de miedo con ese genio…) pero a mí el que me hacía siempre más gracia era Miliki, con esas trompadas que les pegaba a las palabras, que parecía que siempre estuviera comiendo polvorones y diciendo Pamplona a la vez. En esos tiempos no se había inventado todavía el mando a distancia y no había shares de pantalla, más que nada porque no había más cadenas, por lo que volvíamos del colegio, cogíamos el bocadillo de mantequilla con azúcar y nos plantábamos delante del televisor antes de ponernos a estudiar. Veíamos a uno de ellos tocar un saxo, y a otro una especie de piano de mano que se arrugaba y estiraba como si estuviera llorando, pero a mí lo que más me gustaba era la cara de ese payaso, con una sonrisa infinita, sobre todo cuando cerraba a la vez los ojos mientras acariciaba el acordeón (un acordeón que después me enteré que regaló a un cantante callejero). La primera niña que se nos venía a la cabeza cuando dejábamos de dar patadas a un balón se llamaba Susanita, los barcos eran todos de cáscara de nuez y aprendimos circulación en el coche de Papá.

El sábado se nos fue, con unas alas, una bocina, y el traje de una pieza rojo, como lo ha dibujado el genial Forges. Como dijo el sábado su hijo Emilio, tuvo dos grandes dedicaciones en su vida, su trabajo y su familia. Del primero tenemos todos constancia, y sólo hay que ver todos los comentarios sentidos de tanta gente anónima en todos los blogs de prensa; cómo todo el mundo que las cámaras de televisión entrevistaban por la calle, no podía ocultar una sonrisa mientras tarareaba sin fallo una de sus innumerables canciones. ¡Qué gran noticia que puedan decir de uno “me hizo muchas veces feliz”! Existen los inmortales, y Miliki es uno de ellos. Su familia ya no le podrá tocar, recibir sus abrazos y besos, ni oler, se acabaron los ecos de su reír sonoro, pero su imagen seguirá impertérrita fosilizada en nuestras retinas y corazones. Su estilo único es su memoria. Existimos para hacer imposible que llegue el olvido.

Seguimos los últimos meses de enfermedad por lo que nos contaban Juanito y Amparo. Cómo la cabeza se elevaba por encima del deterioro del cuerpo y, a pesar de ello, las ganas que tenía de seguir escribiendo. Su bondad ha sido sabiamente transmitida a las siguientes generaciones. En una de las múltiples conversaciones que hemos mantenido estos últimos años en Attitude, hablando de lo divino y de lo humano, recuerdo que hablábamos de la principal virtud que querríamos transmitir a nuestros hijos, y tú, Juanito, lo tenías bastante claro “que sea bueno”. Ahora lo entiendo todo. De toda la familia de Attitude, Rita (2), Pilar, Emilio, Amparo y Juan, nuestro calor.

Nunca desapareceremos del todo mientras estemos en la memoria de alguien. Recuerdo cuando murió mi padre, un poema de Pedro Salinas que me reconfortó mucho.

Cuando tú me elegiste

-el amor eligió-

salí del gran anónimo

de todos, de la nada.

Hasta entonces

nunca era yo más alto

que las sierras del mundo.

Nunca bajé más hondo

de las profundidades

máximas señaladas

en las cartas marinas.

Y mi alegría estaba

triste, como lo están

esos relojes chicos,

sin brazo en que ceñirse

y sin cuerda, parados.

Pero al decirme: “tú”

a mí, sí, a mí, entre todos-,

más alto ya que estrellas

o corales estuve.

Y mi gozo

se echó a rodar, prendido

a tu ser, en tu pulso.

Posesión tú me dabas

de mí, al dárteme tú.

Viví, vivo. ¿Hasta cuándo?

Sé que te volverás

atrás. Cuando te vayas

retornaré a ese sordo

mundo, sin diferencias,

del gramo, de la gota,

en el agua, en el peso.

Uno más seré yo

al tenerte de menos.

Y perderé mi nombre,

mi edad, mis señas, todo

perdido en mí, de mí.

Vuelto al osario inmenso

de los que no se han muerto

y ya no tienen nada

que morirse en vida.

 

Julio López Díaz, 21 de noviembre de 2012

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