Opinión desde Attitude (19-dic-2012)

A comienzos del año 1991, todo el mundo daba por inminente el comienzo de lo que luego se llamaría Guerra del Golfo. Especialmente, los ciudadanos estadounidenses daban por hecho el ataque de su ejército a Irak. Era cuestión de días, pero nadie fuera del Pentágono o la Casa Blanca sabía cuándo comenzaría. Todos los periodistas hubieran dado cualquier cosa para conocer la noticia de antemano. Pero, fuera de los que participaron en la decisión sólo hubo una persona que pudo intuir el comienzo del ataque con cierta anticipación: Frank Meeks, propietario de 59 franquicias de la cadena Domino´s Pizza en Washington. Como buen gerente, le gustaba seguir de cerca su negocio, al que dedicaba todo el día. La noche del 16 de enero de 1991 se encontraba en una de sus pizzerías cuando, de repente, se produjo un gran número de pedidos desde tres de los edificios más emblemáticos de la capital estadounidense, La Casa Blanca, el Pentágono y el Departamento de Estado. Lo mismo había sucedido durante las invasiones de Granada y Panamá. Meeks avisó a los medios de comunicación para compartir con ellos el inicio de las hostilidades.

Pues habrá que seguir la pista a los pizzeros de Boadilla, esos grandes visionarios financieros  que compraron acciones de Banesto la semana pasada. De volúmenes medios negociados de 80.000 títulos en los cuarenta días precedentes, pasaron a cruzarse 683.000 el día 12 y 1.135.000 el día 13. Supongo que la CNMV ya estará detrás de todas las vespinos rojas y no perderá el tiempo con personal de Santander…

Hoy que me siento filosófico, voy a abrumarles con pensamientos a los que lleva el plomizo cielo madrileño de diciembre. Como ya saben, los mercados funcionan con tres variables: economía, sentimiento y flujos, siendo el primero de ellos el menos importante de todos y el que más lleva a equivocarse a la hora de tomar posiciones en los mercados. Ello lleva a paradojas que para el común hombre de la calle, enervan, cabrean y hacen que le salgan rayos por la boca, como en los dibujos de Mortadelo y Filemón (en estos días si dices algo de Asterix y Obelix parece que tienes algún tipo de intención sobre impuestos). La primera de ellas es que cuando una empresa despide trabajadores, su valor en Bolsa sube irremediablemente, mientras que si contrata nuevos trabajadores, pasa totalmente desapercibida. La segunda de ellas, que comprobaremos seguramente el año que viene, es que cuando se empiece a crear empleo en la economía en general, veremos bajar a las Bolsas. En su última intervención, la Reserva Federal Americana modificó su discurso, prometiendo tener los tipos bajos hasta que el paro baje del 6.5% o la inflación suba por encima del 2.5%. Esto en teoría hace la política monetaria más transparente y predecible, pero claro, a medida que nos acerquemos a esas cifras empezará el acojone por parte del mercado ante el fin de la fiesta de liquidez de los Bancos Centrales. Yo espero que se alcance por el lado del desempleo, porque si es la inflación la que lo hace…

Tercer pensamiento, que incide en lo del animal que se pilla varias veces los genitales con las mismas piedras. La Bolsa Japonesa ha subido un 17% en menos de un mes por la llegada al poder, de forma ilusionante, del Partido Liberal Democrático. Y se preguntarán, ¿ese entusiasmo es por la llegada de un nuevo partido, con nuevas ideas  y proyectos que haga olvidar a los partidos tradicionales que no han dado con la tecla del progreso en Japón en los últimos 25 años? Pues no, es un partido que llevaba 44 años en el gobierno hasta las elecciones anteriores, y que había abandonado el poder por problemas con la corrupción. Han pasado tres años sólo desde aquello, y como puntos fuertes del programa, además de darle a la maquinita de billetes del Monopoly, está confiar de nuevo en la energía nuclear y fomentar el nacionalismo militar japonés frente a China. Yo en Betfair, ya he abierto cuenta para apostar por el próximo presidente español en las elecciones del 2015: José Luis Rodriguez Zapatero. Admito contrapartidas.

Cuarto pensamiento y que está muy presente estos días. El progreso económico no siempre proporciona mayor felicidad, pues nuestras aspiraciones crecen a un nivel incluso más rápido que nuestro nivel de vida. Ahora nos encontramos con que el nivel de vida que tomamos como referencia es equivalente (desgraciadamente) a la altura del Everest, y cualquier pérdida de esa altura nos deja desorientados y perdidos, sentimos que nos han amputado algo. El otro día, comiendo con un amigo, me comentaba con total sinceridad, que el tema de la crisis le había hecho volver a retomar el placer que representaba tener como ocio, simplemente dar un paseo, o charlar en casa con un amigo. Lo siento por los negocios de paintball.

Quinto pensamiento y siguiendo palabras de Manuel Conthe. Cuando miramos al pasado, nuestro conocimiento de los acontecimientos posteriores nos engaña, y nos hace creer que eran previsibles e inevitables. Este sesgo retrospectivo explica también por qué somos tan proclives a las añoranzas del pasado: al borrar las preocupaciones y angustias que pesaban sobre quienes lo vivían en directo, nuestra mirada retrospectiva nos trae a la memoria un recuerdo claro y sosegado, lleno de certezas, que edulcora la experiencia tal y como se vivió. Comparamos, pues, lo mejor del pasado, que es lo único que conocemos o recordamos, con el promedio del presente, y en consecuencia, añoramos lo pretérito. Por eso muchos nacionalistas piensan que lo mejor es replicar modelos de la Edad Media…

Sexto pensamiento, y otra fuente de pérdidas cuantiosas cuando llegamos al mercado. Nuestras percepciones tienen mucho más de creativo de lo que nos imaginamos. Además, no son neutras, pues prestamos especial atención a aquellos hechos que confirman nuestras creencias. Así, si soy positivo con el mercado, sólo buscaré aquellos informes o comentarios que coincidan con mi visión, y si soy armagedónico, sólo leeré aquellas noticias que concuerden con el fin del mundo. Eso lo podemos llevar a las cadenas televisivas que reúnen a contertulios que piensan más o menos igual que yo, mientras que despreciaremos a los que piensen lo contrario. Esto nos lleva a una gran manipulación por parte de los medios de comunicación, presentando la realidad que ellos quieren y que además reafirman a sus audiencias. Eliminarán noticias que no les convengan y pondrán bajo el foco aquellas otras propicias a sus intereses.

Séptimo pensamiento. La doble vara con que la sociedad enjuicia las acciones y las omisiones, puede tener efectos perniciosos y constituir un obstáculo a la innovación y el progreso. Aquí, para no hablar de la educación o la justicia, que siempre nos lleva a enfrentamientos, pensemos en un laboratorio farmacéutico que tiene la posibilidad de sacar un nuevo fármaco que salva vidas pero con potenciales efectos secundarios. En el caso de que se produjeran efectos secundarios, la sociedad sólo se fijaría en estos y despreciaría la primera parte, mientras que ningún tribunal penalizaría al laboratorio por haber decidido no sacar al mercado  el producto y haber salvado a potenciales víctimas.

Octavo pensamiento. La ausencia de deudas o pequeñas deudas nos hacen ser frugales, en tanto que las deudas inmensas llevan a la prodigalidad. Una pesada losa de deudas hará irrelevantes los esfuerzos del deudor por moderar su tren de vida, y en consecuencia le impulsará a gastar sin control, pues de quebrado ya no va a pasar. El condenado a muerte no tiene nada que perder por un nuevo asesinato. De aquí viene la famosa frase de Keynes, “si debo un dólar el problema es mío, si debo un millón el problema es del banco” La ingeniería financiera setenta años más tarde le ha pasado el problema al contribuyente.

Los mercados siguen con su rally de fin de año, y apostando sólo por las cosas positivas. Parece que el fiscal Cliff era sólo una china en el camino sin más, ya el rescate no es necesario y las deudas, aunque no hayan dejado de crecer, se van a devolver. Alicia en el País de las Maravillas campa a sus anchas por los mercados financieros acompañando a la Navidad. Como decía un personaje muy “verbenero”  e irreverente, y con todos los puentes marcados en rojo en el calendario hasta el 2035, ”ya llega el Niño, a ver si crece pronto y lo crucificamos”. Acabo de leer un informe de la Universidad de Cambridge que dice que beber dos copas cada vez que salimos, nos quita media hora de vida. A mí no me importa perderme unas semanas de geriátrico, y siempre podemos agarrarnos al ejemplo de Ernesto de Hannover, que según esa estadística debería llevar veinte años muerto.

Feliz Navidad a todos.

 

 

Julio López Díaz, 19 de diciembre de 2012

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