Lazarillo

Uno de los libros que mejor refleja el carácter español es, sin duda, el Lazarillo de Tormes. Uno de los pasajes más conocidos sucede en Almorox, y el anónimo narrador lo cuenta así:

“Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera:

tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.”

Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:

“Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.”

“No comí -dije yo- mas ¿por qué sospecháis eso?”

Respondió el sagacísimo ciego:

“¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.”, a lo cual yo no respondí.

Pues los genes picarescos se siguen transmitiendo de generación en generación como lugar común y cosa cotidiana, y tranquilamente se pasean por delante de nuestras narices de forma indisimulada, sin que despierte apenas nuestra atención. Esta confianza en que tenemos contentas nuestras preocupaciones (cerveza fría, una tapa de gambas a la plancha y futbol los domingos) hace que estos personajes se extiendan por todas partes y crean campar a sus anchas. Lo que no recuerdan tamaños personajes, es que el tranquilo pueblo español, cuando siente una leve hinchazón testicular, monta la expulsión de los moriscos, el Motín de Esquilache, o se lía a garrotazos con los mamelucos en la Puerta del Sol. Digo esto, por la cantidad de gente sorprendida porque ante tantas muestras de “provocación” por parte de los que nos dirigen, no se vea a la gente como en Atenas hace un año. El principal estado que nos deja es el de confusión e indefensión. Las posibilidades de realizar una elección medianamente aceptable de una opción que pudiera dirigir este país son inexistentes. Aquí se vota contra alguien en vez de a favor de alguien y lo único que hacemos es rotar cada cierto tiempo, pensando que esta nueva etapa de gobierno será distinta, intentando olvidar todas las tropelías cometidas en un pasado excesivamente cercano. ¡Qué cruel es la esperanza y cómo se ríe de nosotros! Ver los enfrentamientos entre los distintos partidos políticos a cuenta de los episodios de corrupción, nos lleva a la nausea más profunda. El pedir la dimisión del contrario y esconder las vergüenzas propias es absolutamente repugnante. Aquí no se trata de trabajar todos juntos para eliminar todas las alcantarillas de nuestro sistema, sino de empujar al contrario para volver a ocupar yo el asiento del conductor.

Todos estos problemas tienen también sus derivaciones en la concepción que tenemos de la economía. Pensábamos que el libre mercado era la mejor forma de asignación de los mercados, pero nos ha llevado a la distribución más injusta de la riqueza desde la revolución industrial y a una desproporción brutal entre capital y trabajo, que está desembocando en un aumento del desempleo difícilmente recuperable. Y cuando el sistema de “déjame a mí” no funcionaba, venían los Bancos Centrales a salvar el sistema con el “too big to fail”, con lo cual cada vez ponemos más moneditas en la máquina. Desgraciadamente, las economías con gran intervención del sector público como efecto compensador, no lo han hecho mucho mejor, y ha llevado a un sistema con abundante grasa y formidable improductividad, con una asignación de los recursos más basado en el clientelismo y en la realización de actividades que me lleven a volver a ser votado en las próximas elecciones, que en una visión estadista a largo plazo. Hemos perdido la oportunidad de rentabilizar todo el dinero que circulaba por el país (muchos fondos europeos) y lo hemos despilfarrado de forma masiva en activos no productivos (casas) y ahora no sabemos gestionar la escasez. Hemos construido una economía subvencionada y altamente dependiente de los poderes públicos que se enfrenta ahora a la necesidad de financiarse con dinero extranjero que, obviamente, espera que ese dinero le sea devuelto, y cuando ve problemas exige más rentabilidad. Como haríamos cualquiera de nosotros con nuestro dinero.

Cada industria tiene sus pegas, en la nuestra no esperamos que el Estado nos ayude, pero que no ponga chinas en el camino. Hace cinco años, España reunía todas las condiciones para poder atraer a gran parte de la industria financiera que estaba siendo castigada en Gran Bretaña (es el 10% del PIB británico) y tenía todas las condiciones (clima, infraestructuras, forma de vida). Desde entonces, no sólo no hemos avanzado nada, sino que la CNMV y la dualidad Ministerio de Hacienda-Ministerio de Economía ha dado todas las “facilidades” para que la industria de la gestión de activos emigre a Irlanda, Malta o Luxemburgo. Es imposible que un extranjero pueda traer capital a un fondo español y lo que están consiguiendo es que gente como nosotros se arrepienta continuamente de haber abierto un Fondo español y que el siguiente movimiento sea, sin duda, abrirlo fuera, cosa que mantiene la industria de abogados de Luxemburgo y a la Hacienda de allí; que los puestos de trabajo se creen en Irlanda y no en España. La única oportunidad que tenemos es que los Montoros y personajes dispares de la CNMV se nacionalicen luxemburgueses.

En cuanto al mercado, pues ya ven, los alfileres que sujetaban el muñeco han saltado y la ley de la gravedad ha hecho lo demás. Bárcenas y permitir cortos de nuevo el mismo día desde luego han maridado muy bien. Menos mal que el Tesoro y muchas compañías españolas estuvieron “hábiles” y aprovecharon la ventana de liquidez para emitir unos cuantos papelitos. La proximidad de las elecciones italianas (con Berlusconi de nuevo en gran forma atlética recortando distancia con sus rivales, “¡País!”, que diría Forges) puede llevarnos a un mes de febrero al borde de un ataque de nervios. De momento aguantan USA y Japón, que sigue con ese juego de subo las acciones y se descarrila el yen, que hace que la Bolsa suba un 10%, pero que un europeo le pierda dinero si no ha cubierto la divisa. El caso histórico más bonito es el de Zimbabwe, que si miran los gráficos es la Bolsa del mundo que más ha subido en la última década. En 2006 por ejemplo subió de 15 a 50.000.000 su índice. Lástima que ese año su inflación anual fuera (y espero no dejarme ningún cero)del 89.700.000.000.000.000.000.000%. A día de hoy, tiene un desempleo del 80% y según ha declarado su ministro de economía, tiene un saldo en divisas en su Banco Central de 157´25 dólares. Con toda la plusvalía acumulada desde entonces da para comprar tres huevos. ¡Cuidado con lo que deseas (inflación), que se puede cumplir! Si quieren otra Bolsa que suba, fíjense en la Argentina, que sube un 50% desde noviembre ¡Un paraíso para la inversión! (el sector petrolero concretamente está sumamente barato). Eso sí, una inflación del 30%, una depreciación del peso oficial del 16%, (el de los “arbolitos” está un 20% por encima) y con fijación de precios máximos en los supermercados que a ver donde desemboca. Si mis amigos argentinos han devuelto alguna vez algún préstamo, el incidente no consiguió pasar a la historia.

Mi “optimismo” natural está desbordante esta semana. Tengo todo el dinero que puedo necesitar durante toda mi vida, si es que me muero a las cuatro de la tarde.

Buena semana y no se olviden de llevar casco.

Julio López Díaz, 06 de febrero de 2013

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