Opinión desde Attitude (22-may-2013)

En el medio siglo transcurrido desde la muerte del último Severo, Alejandro, hasta la victoria de Diocleciano sobre Carino, hubo más de sesenta hombres que trataron de hacerse con el poder imperial. De esos sesenta que, aunque fuera unas semanas, se proclamaron César, sólo uno, Claudio II, murió de forma natural. De los emperadores se esperaba que gastaran con generosidad. Uno de los primeros actos de cualquier gobernante era prometer un regalo monetario al ejército. Aun en circunstancias  normales, mantener el ejército era el mayor gasto del presupuesto imperial. Severo elevó la paga del ejército por primera vez en más de un siglo y Caracalla lo volvió a subir solo unos cuantos años más tarde. Macrino tuvo serias dificultades para hacer frente a ese coste y su torpe gestión dio lugar a su rápida caída. La mayoría de los métodos empleados para obtener ingresos adicionales, una vez alejados de la conquista de nuevos territorios, se convirtió en un peligro para todos los gobernantes, especialmente para aquellos que acababan de llegar al poder. No obstante, la necesidad de gastar siempre existía, sobre todo por el incremento de los burócratas imperiales. Había muchas cosas que se esperaba que pagara el emperador: en la propia Roma, la distribución de alimento gratuito y subvencionado, los entretenimientos públicos, así como el mantenimiento de los edificios públicos y la construcción de los nuevos. Se esperaba que los emperadores fueran generosos con las comunidades y con los individuos. Si eran percibidos como hombres tacaños y codiciosos, estaban invitando a que surgieran aspirantes al trono que estuvieran dispuestos a ser más generosos.

Los problemas económicos aparecen una y otra vez en los documentos del siglo III. Los emperadores controlaban la acuñación de monedas de oro y plata, por lo que estaban sometidos a la constante tentación de acrecentar sus recursos devaluando la moneda. El cambio más importante se produjo en las monedas de plata. En tiempos de Trajano, un denario de plata contenía un poco más del 90 por ciento de plata. Bajo el gobierno de Marco Aurelio, el porcentaje de plata frente al de otros metales cayó por debajo del 75% en un momento en que la guerra y la peste hacían estragos en el imperio. Septimio  Severo aumentó la paga del ejército e hizo disminuir el contenido de plata al 50 por ciento. Cuando Aureliano, llegó a verse reducido al 4 por ciento.

¿Qué consecuencias hubo? A finales del siglo III los precios eran muchísimo más altos que a finales del siglo II, en algunos casos hasta varios cientos por ciento. Nunca hasta entonces había habido en Roma una inflación igual. Los granjeros estuvieron protegidos contra las consecuencias de estas subidas, ya que tenían productos que podían vender o comerciar. Obviamente hubo personas que continuaron siendo ricas en este período (como en la Gran Depresión). ¿Dónde podía verse el efecto en la economía? El número de inscripciones conservadas del siglo III cae en picado respecto a los dos siglos anteriores. Básicamente porque las obras públicas fueron menores, así como la construcción de edificios públicos. También experimentó un descenso el comercio a larga distancia (menores pruebas arqueológicas). Aquellos con estrecho margen de éxito y fracaso eran, inevitablemente, los que más posibilidades tenían de sucumbir.

Como ven, nada de lo que nos está pasando es nuevo, todos los hechos se repiten con poca variedad. La única diferencia es que los que intentaban llegar al poder, si les salía mal, ni se prejubilaban millonariamente, ni pasaban a ningún Consejo de empresa, por el contrario, obtenían el premio de la pérdida de algún miembro, generalmente donde están las cejas. Yo, la verdad, tengo una solución muy fácil: con nocturnidad y alevosía, que unos operarios, sin dar muchas explicaciones ni alharacas, monten dos guillotinas en la Plaza Mayor y que se vayan sin decir nada, vamos a ver qué pasa.

El actual sistema financiero se basa y sustenta en dos premisas (se basaba en tres, pero las viviendas acabaron con el mito de que nunca bajaban). La primera es que las deudas no se devuelven, simplemente se refinancian. La segunda de ellas es que si tú vas al banco y pides el dinero que tienes en tu cuenta, te lo dan sin problemas. Son premisas que cada cierto tiempo se ponen en duda y suelen producir pequeños maremotos. Y en mi opinión es un tema más de fe y de religión que de razón. Por eso, y a pesar de los lamentos y protestas de la gente, los gobiernos lo último que dejarían caer sería un banco aunque sea mediano, porque el efecto dominó se llevaría por delante el sistema y, sobre todo, se caería el escenario teatral que nos han vendido y veríamos cómo lo que parecían castillos poderosos son sólo trampantojos y los caballos donde iban los héroes, son balancines de madera.

Por esa razón, no entiendo todo el “movimiento” que se está generando en Bruselas sobre el papel que deberían jugar los depositantes, en caso de una quiebra de un banco. El sistema de velocidad del dinero funciona en la medida que un dinero depositado en un banco, se le puede dar muchas vueltas, prestándolo sucesivamente dejando una pequeña parte como coeficiente de caja. Si metemos el miedo a los depositantes, diciéndoles que sólo tienen asegurado hasta 100.000 euros, en un momento en que los tipos de remuneración están por los suelos, pues el binomio rentabilidad – riesgo nos llevaría a recomendar no tener dinero en los bancos. Esta política de represión financiera, en la que los castigados son los ahorradores que decidieron no endeudarse al hacer números, puede tener efectos perversos, porque nos podemos preguntar por qué no tenemos el dinero simplemente en una caja fuerte, y adiós a la labor de intermediación de los bancos.

El sistema se basa también en las promesas políticas que oímos periódicamente, cada vez que hay unas elecciones, y que sabemos que no se pueden cumplir, pero a las que nos seguimos abrazando para no caer en la desesperación. Pero es un sistema viciado del que tenemos que lograr escaparnos como sea. No podemos dejar en manos del Estado la solución a nuestros problemas, porque no la tiene. Todo lo deja a una figura mitológica que los vates antiguos llamaban crecimiento. Hemos vivido tres décadas de un crecimiento global bastante importante, con avances maravillosos en tecnología y medicina. Pero era un crecimiento a unas tasas insostenibles, basadas en un menor valor futuro de la acción planeta tierra. Era un crecimiento basado en un consumo desaforado e insostenible. Basado en un crecimiento de los países emergentes, por su acceso a posibilidades que no habían tenido en los últimos dos siglos, y por un consumo despilfarrador en occidente. Y estas tasas de crecimiento que son insostenibles, son las que queremos seguir replicando. Con el mismo modelo que en 2007, con tipos de interés a cero y “obligando” a invertir sin tener en cuenta riesgos, que ya se ocuparán los Bancos Centrales si me va mal.

Todas las soluciones parece que tienen que venir de los Bancos Centrales, y esto siempre hace que el resto de directores de la orquesta crean que pueden dejar el puente del Titanic, y decir por ejemplo que “la prima de España está disminuyendo porque el mercado confía en el Gobierno“. Más o menos lo que dijo el General Custer en Little Big Horn “parece que los indios vienen a rendirse”.

Bueno, sigo con mi pensamiento onettiano  del mundo. No puedo dejar de ser pesimista sobre la economía, aunque a veces pienso que estoy equivocado y que el mundo va maravillosamente, porque un fan se permite pagar 500.000 euros en subasta por el último chicle que mascó Sir Alex Ferguson en el Manchester United. Efectivamente hay gente a la que le va de maravilla, y ese dinero tan escaso para algunos, se puede dedicar a estos menesteres.

Nada como dedicarse a la bebida en estas circunstancias, eso sí, prometo seguir escribiendo semanalmente hasta que el Gobierno encuentre un lugar seguro donde enterrar mi hígado.

Feliz y alcista semana.

Julio López Díaz, 22 de mayo de 2013

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Un comentario

  1. Cristina · · Responder

    Cuando los operarios hayan terminado la instalación en la Plaza Mayor, me ofrezco voluntaria para sentarme de tricoteuse a los pies de las dos guillotinas. ¡cuenta con mi apoyo incondicional! (en eso, y en acompañar a tu hígado a su destino)

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