Detroit

La marina china tenía 1350 barcos en el año 1420, y en las primeras décadas del siglo XV los navegantes chinos surcaban buena parta del sur del Océano Pacífico e incluso habían llegado a la costa oriental de África. Por lo tanto, China tenía todas las condiciones para descubrir y explorar nuevos mundos y beneficiarse de ellos mucho antes que los europeos. Pero no iba a ser así. En 1436 un edicto imperial prohibió la construcción de barcos y sus grandes naves fueron destruidas. La razón de tan drástica medida se debía a que los mongoles amenazaban con invadir la frontera interior. El emperador decidió que para mantener las fronteras de sus dominios debía centrarse en su defensa y abandonar vagos proyectos de expansión por los mares. A partir de entonces, China dio la espalda al mundo, la civilización más avanzada se fue estancando y el pueblo que pudo haberse convertido en primera potencia fue, en su lugar, una pieza en el juego imperial de otras potencias.

En la última semana, hemos vuelto a ver un ejemplo de auge y caída de un emporio, algo que apenas cincuenta años era totalmente impensable; y es que la historia no deja de enseñarnos lo perecedero de la frase “esta vez será diferente”. Hace 50 años, Detroit, ciudad norteamericana que se declaró en quiebra la semana pasada, tenía el mayor ingreso per càpita de los Estados Unidos. Llegó a tener 296.000 empleos manufactureros; en la actualidad tiene menos de 27.000, habiendo perdido sólo en los últimos diez años el 48% de los trabajos. El supuesto nuevo auge del mercado inmobiliario no parece desde luego reflejarse en esta ciudad donde hay 78.000 casas abandonadas. El modelo educativo tampoco parece que va a ayudar mucho, y las cifras hablan de un 47% de residentes que se consideran analfabetos funcionales. El 60% de los niños de Detroit viven en la pobreza. El 40% de las luces de las calles no funcionan, así como un tercio del parque de ambulancias. La tasa de desempleo es superior al 50%, la tasa de crímenes violentos es cinco veces superior a la media nacional, y se resuelven menos del 10% de los crímenes. Perdonen por la catarata de cifras, pero es que no estamos hablando de una ciudad del Golfo de Guinea, si no de una ciudad en el país más rico de la tierra. La próxima entrega de Mad Max va a tener unos escenarios muy baratos y con poca preparación. Y nunca más actuales los cuadros sobre la vanidad humana de Valdés Leal que pude ver en la boda del Quillo el fin de semana pasado, en la iglesia de la Caridad de Sevilla. También me lleva a pensar la diferente estructura que tienen los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa. El apocalipsis que se hubiera vivido en Europa si hace eso Grecia. En USA se resuelve con moderadas subidas de su bolsa. La idea de que el sistema de estados americanos, en los que de forma mecánica unos avalan a otros, debería ser el espejo en el que mirarnos, no tiene sentido mientras no avancemos en la total integración europea. Hasta entonces, estaremos caminando siempre sobre el alambre. Y un segundo aspecto que también nos debería hacer reflexionar: ¿dónde han ido los antiguos habitantes de Detroit? Pues seguramente donde esté el “queso”, y no habrán tenido problema para ir donde hay trabajo. Aquí en Europa seguimos teniendo innumerables taras para hacer este movimiento, que en kilómetros no debe ser muy distinto del que ha recorrido el ciudadano de Detroit. Tenemos barreras culturales, pero sobre todo idiomáticas. Mientras aquí nos matamos los unos a los otros por la importancia del bable, el resto del mundo no se para a discutir, y se “mueve”. Si no avanzamos en esto, y pensamos que el trabajo es el que tiene que venir a Bollullos del Condado, corremos el riesgo de ser los que nos quedemos en el Downtown de Detroit.

Pero bueno, estos datos de destrucción siempre representan oportunidades en otros sitios y para nuevas gentes. Como muestra un botón. He podido ver en Therules.org, un gráfico que no deja de anonadarme en un primer momento, irritarme después y ponerme de mala leche, como si fuera un conductor de la EMT de esos que esperan que te acerques a la carrera para arrancar en cuanto llegas. Una muestra más del efecto riqueza y reparto de Bernanke. Las 200 personas más ricas del mundo tienen 2.7 trillones de dólares americanos (los trillones también son americanos, para que Tamayo no me pete el correo). Esa cifra es equivalente a lo que poseen las 3.500 millones de personas más pobres. Las cifras son demoledoras. Como diría Sábato, “al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización”.

Y esto es la otra parte del espejo de las deudas. Cada vez que hay una deuda se genera un activo. Y esos pocos que tienen los activos que representan las deudas de muchos, tienen que hacer algo con ese dinero. Estamos en un mundo en el que no hay activos baratos. En los veinte años anteriores, cada vez que surgía un problema en la renta variable, podías buscar rentabilidades en los activos de renta fija. Esa posibilidad ha desaparecido, por lo que nos encaminamos a un período de bajos retornos, donde podemos asistir a períodos de stress incluso alcistas por parte de aquellos que se sientan obligados a invertir.

Yo desde luego, ese stress lo voy a esconder en las conchas de las vieiras, al menos durante el próximo mes. Disfruten las vacaciones los que se vayan ahora en agosto y pasen las posiciones a los que vienen frescos de las suyas de Julio.

Hay gente que prefiere el paraíso por el clima y el infierno por la compañía. Una buena definición para las Rias Baixas. ¡Allá vamos!

Julio López Díaz, 24 de julio de 2013

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