Haydn

Haydn tenía un peculiar sentido del humor. En cierta ocasión, mientras componía una sinfonía para la orquesta del palacio de Esterhazy, se le ocurrió una forma sutil de expresar la frustración de los intérpretes, que tenían que vivir lejos de sus familias cada vez que el príncipe se instalaba en su remota finca. En el último movimiento de los adioses, cuando el músico dejaba de tocar, apagaba la vela del atril y se marchaba, hasta que al final quedaban sólo dos violines. El príncipe captó el mensaje: al día siguiente de su estreno dio orden de empezar a recoger. En otra ocasión, el compositor escribió otra sinfonía pensando en el público londinense. Había advertido que el público tenía la desagradable costumbre de quedarse adormilada en los movimientos más lentos. La música del segundo movimiento, Andante, era muy dulce y tranquila, y a veces reinaba el silencio. Pero esa paz quedó desbaratada sin previo aviso: de pronto, la orquesta, acompañada por el timbal, empezó a resonar muy fuerte. El público estuvo a punto de saltar de las butacas. Así nació la sinfonía Sorpresa.

Así estamos de placenteros en estos, nuestros mercados. La música de violines de los prebostes de la patria (los mismos que aconsejaban su intervención apenas hace un año) nos tiene en un duerme vela y con la baba empezando a caer por la comisura de nuestros labios, con una sensación orgásmica cada vez que miramos la pantalla de cotizaciones de las acciones. Los periódicos anuncian desde sus torres de marfil que los bárbaros extranjeros, como ya hicieron en la Nochevieja de 406, van a cruzar las fronteras del Imperio y lanzarse a quitarnos todas nuestras riquezas escondidas. ¡Y nosotros sin enterarnos de que vivimos en el próximo Dorado!

Sí que creo que estamos envueltos en un cambio de modelo económico y social, pero como sucede un poquito todos los días, no terminamos de darnos cuenta, y lo verán nuestros nietos en los libros de Historia (si es que para entonces existen los libros). El sistema que nos ha guiado desde el final de la Depresión del 29, no da más de sí, y por eso no deja de sorprenderme la visión de algunos, que piensan que volveremos donde estábamos, volviendo a usar las mismas herramientas  que nos llevaron a la crisis.

Veo las tendencias que siguen perviviendo y me aterran. ¡Qué mejor muestra que los premios de economía de este año, en que los galardonados presentaban puntos de vista tan contrarios! Hay una tendencia que desprecia el ahorro y recomienda el derroche como camino de salvación y cuando alguien les comenta las consecuencias a largo plazo de estas medidas, replican con ligereza “A largo plazo todos muertos” y esas bromas superficiales pasan por ser la mayor de las sabidurías.

Por otro lado, se encuentran los defensores del Libre Mercado, siempre, claro está, que los beneficios sean para ellos, porque en caso contrario empezamos a hablar de riesgo sistémico y de la llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis si el Estado no ayuda. Un sistema que habla de competitividad, pero no de crear puestos de trabajo. Habla de generar riqueza, pero no del reparto de esa riqueza, cada vez más polarizada.

El sistema se tiene que plantear dos preguntas:

1)      ¿Qué hacer para que a los que mantienen funcionando esto les sea beneficioso levantarse por las mañanas para ir a trabajar?

2)      ¿Qué hacemos para que el resto se pueda ganar la vida?

El comunismo, que algunos contemplaron como una tercera vía, cayó por no dar respuesta a la primera pregunta.

Los últimos defensores del sistema actual, fían todo a la impresión de dinero. Son como los médicos de las películas antiguas, que no sabían qué tenía el enfermo, pero siempre le ordenaban sangrar con sanguijuelas.

Mi opinión y por donde creo que va a ir la cosa. No hay ninguna combinación de crecimiento y recaudación de impuestos que pueda pagar las promesas realizadas. Como dijo una vez Claude Juncker, “Todos los políticos sabemos lo que tenemos que hacer, pero no sabemos cómo ganar las elecciones después”. La FED se encuentra paralizada ante unas medidas que, tras cinco años, han hecho subir los activos de forma vertical, pero que sólo han conseguido un crecimiento anoréxico de la economía real. ¿Hay plan de salida? ¿Los costes de salida se pueden llevar por delante, en unos meses, esos cinco años? La noche de farra ha estado de cojones, pero a ver qué piensa la señora de los rulos que está con el rodillo esperando tras la puerta. El sistema quiere que consumamos, pero si el dinero se acumula en las manos de Bill Gates éste, por mucho que quiera, no puede comer mil veces por día, ni comprarse trescientos Peugeot. Gafas, si tenemos en cuenta sus inversiones en alguna empresa española, seguramente sí.

El crecimiento que hemos tenido en los últimos 30 años se ha hecho recurriendo al endeudamiento, y eso, a pesar de intentar repetir el mismo plato, ya no da más de sí. Sólo hay que pasearse por las calles de Lisboa o de Atenas para verlo. Y la clave del nuevo sistema será cómo crecer sin usar crédito. El tipo de crecimiento que hemos tenido presenta un problema de difícil solución. El crecimiento de la productividad viene acompañado de una reducción de la demanda de trabajo. Cada vez se necesitan menos horas de trabajo para producir el mismo PIB. La tecnología es cada vez más sofisticada, con menos costes y para su utilización ya no hace falta ser el profesor de Regreso al Futuro. Crea poquísimos empleos de un alto valor añadido, pero destruye cantidades enormes de empleo. No intento poner puertas al campo, ni pelearme con los nuevos Galileos, lo único es que sepamos los efectos colaterales de este nuevo sistema. En los últimos treinta años se ha podido ver cómo el porcentaje de los salarios sobre el PIB no ha hecho más que caer, mientras que los beneficios empresariales han hecho lo contrario. El factor trabajo es cada vez menos importante, y eso se reflejará en unos desempleos estructurales cada vez más altos. Esta menor “necesidad” del factor trabajo se refleja sobre todo en la disminución del llamado Estado de Bienestar. Aquí se juntan dos cosas: una, que hay que “cuidar” menos a los trabajadores (ley de la oferta y la demanda) y otra, que cuando se establecieron esos programas de protección social, la esperanza de vida media estaba en los 70 años, los gastos sanitarios eran por tanto mucho más bajos y para su mantenimiento se necesitaba el crecimiento del 5% de esas épocas y alguien que viniera por detrás para sostenerlo. Hay que irse olvidando de que volveremos a estar como antes. De hecho, lo único que hace que no se exprima más al limón trabajador, es que tiene otras cualidades: son también consumidores y votantes.

En fin, coman, beban y sean felices, porque mañana puede que sea ilegal.

Buena semana

Julio López Díaz, 13 de noviembre de 2013

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Un comentario

  1. JAVIER CASAL · · Responder

    Brillante, Julio. Un fuerte abrazo.

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