Humphrey Bogart

La fama es una cosa caprichosa. Humphrey Bogart era un actor del montón que a sus treinta y siete años no se había comido un rosco. Su consagración llegó en 1941 con El último refugio, dirigida por Raoul Walsh. Pero ese papel solo cayó en sus manos cuando George Raft lo rechazó, alegando que no quería morir en la última escena. George Raft rechazó también el papel protagonista de El halcón maltés poniendo como excusa la inexperiencia del director, un tal John Huston. Fue un error, desde luego, pero no tan grande como el rechazo, y van tres, del papel protagonista en Casablanca; en esta ocasión alegó que no quería compartir cartel con una sueca desconocida con caderas anchas.

La marcha de los mercados me hace cogerle cariño al bueno de George Raft. ¡Esa tranquilidad de poder decir que no a esos papeles! (curiosamente el mismo nombre que se emplea en los mercados financieros para denominar al producto de nuestras  transacciones). Los papeles que estamos rechazando son las estrellas del fotocall. Facebook, Tesla, etc son los candidatos a los Oscar como mejor actor de este año. Desde luego eran mis favoritos, pero para los mejores efectos especiales, o mejor sonido. Para mejor maquillaje necesitaría varias cartas para dar mis candidatos. La única esperanza que me queda es que George Raft siguió actuando hasta los ochenta años y Humphrey Bogart se fue pronto a hablar con La Pálida, en cuanto cambió el Scotch por el Martini.

El fin de semana fui a ver, con ciertas reticencias eso sí, la película de El Lobo de Wall Street y, la verdad, me sorprendió gratamente por su ritmo trepidante que hace que se te pasen las tres horas de película de forma vertiginosa. Un reflejo de una época, y de lo complicado que resulta el permanecer en una industria, aislado de lo que representa el benchmark, y cómo todos los trabajadores eran meros seguidores de los comportamientos de su jefe, aunque  para seguir el ritmo infernal tuvieran que esnifarse las tizas de las pizarras. Lo que vendieran daba igual, siempre habría algún pichón al que encalomar alguna acción que le llevaría a disfrutar el paraíso en la tierra con las plusvalías que iba a obtener. Y lo que más me llamaba la atención,   ¡cómo se repiten las mismas cosas! y cómo de la experiencia sólo aprendemos… que no aprendemos nada de la experiencia. El primer día de trabajo de operador, el crack de 1987 (22% abajo en un día la bolsa americana) y la gente perdiendo hasta la camisa. Siguiente escena, vendiendo acciones de chicharros por debajo de un dólar que no sabe ni a qué se dedican y la gente se entrega sin dudarlo… Alucinante el ser humano y su optimismo redomado. Tampoco está mal la escena de la salida a bolsa de una empresa de zapatos y cómo se manipulan los precios.

A la visión de la película, le sumo al día siguiente la ficción de Jordi Évole sobre el 23-F y las intervenciones de los líderes políticos en el Debate sobre el Estado de la Nación, a día de hoy ya no sé si vivimos en El Show de Truman o somos los verdaderos protagonistas de nuestra historia. La diferencia entre realidad y teatro tiene una línea muy fina, y lo único que consigue es que demostremos nuestra total impericia para hacernos una idea de dónde vivimos. Y no es una cosa nueva, fruto de las televisiones y del cine de nuestros días. Lo normal en la Historia es la mentira favorecedora de sus personajes célebres. Ya Virgilio tuvo que escribir la Eneida para legitimar a César Augusto haciéndole descender de Eneas, los cronistas castellanos tuvieron que inventarse la línea bastarda de Juana la Beltraneja para poner la alfombra roja a Isabel la Católica o el mismo Shakespeare tuvo que dibujar a un cruel y tirano Ricardo III para justificar su derrocamiento por Enrique Tudor y ganarse los favores de su nieta, Isabel I. Por ello, que la gente creyera el teatro que montó el Follonero el domingo no me asombra lo más mínimo. Cómo respondía la gente es un buen termómetro de la parodia en que vivimos, incluso había los que tuiteaban que era verdad, y que ellos ya lo sabían por “sus fuentes” (lo de no reconocer nuestra ignorancia sobre algo es muy hispano). Para sobrevivir a estos tiempos, sólo nos queda refugiarnos en el cinismo o luchar infructuosa y desesperadamente contra molinos de viento. Todos los hechos que nos parecen sorprendentes y sin razón en estos momentos seguro que tendrán una explicación que nos parecerá cristalina en un futuro.

Tercera visión de la semana y ojos cuadrados. El Parlamento español y el debate sobre el Estado de la Nación. El día y la noche, el amanecer y el ocaso, la luz y las tinieblas, ¿con qué nos quedamos? ¿Cómo se pueden tener visiones tan antagónicas sobre una misma realidad? ¿Quién tiene razón? Podemos explicar un hecho y su contrario solamente cambiando el color del asiento del que provengamos. Y de lo que estoy seguro es que si el PSOE estuviera en el poder y el PP en la oposición, se hubieran calcado los discursos. Propuestas una o ninguna. La propuesta de la tarifa plana de 100 euros para las cotizaciones de la seguridad social para nuevas contrataciones, de primeras me parece bastante necesaria y justificada aunque haya alguno que se queje de la derivada que pueda tener a una menor aportación para las futuras pensiones, y la eliminación de la tributación de IRPF para rentas inferiores a 12.000 euros, a mi me sale un ahorro de apenas 60 euros por contribuyente.

En los mercados pocas novedades. En bolsas, seguimos atrapados en un rango muy estrecho, y las únicas dignas de mención son, de forma positiva la Bolsa francesa, que es la única que ha roto sus máximos, y de forma negativa la China, con una caída del 7% en cuatro días. Los tipos de interés de la deuda siguen cayendo en los plazos largos (una vez más, dando en los morros al consenso de analistas que veían subidas claras a lo largo del año). Ya hablamos la semana pasada del riesgo de deflación que temían algunas autoridades monetarias. El tema va por barrios. Los países desarrollados son los que más cerca lo ven, debido al endeudamiento salvaje, al desempleo estructural cada vez más alto, y a la pérdida de poder adquisitivo de la mayoría de su población. Sin embargo, para los países emergentes la inflación es el problema, acrecentado por las devaluaciones que están viviendo sus monedas. Si seguimos el precio de algunas commodities desde el principio de año, muchas presiones inflacionistas no se ven. El petróleo ha subido un 4%, el gas natural un 14%, el oro un 11%, el maíz un 7%, las habas un 6% y el café un 55%. La conjunción de precios bajos del año anterior (ya comentamos que algunas materias primas cotizaban por debajo de costes de producción) con sequías en California o Brasil ha motivado las alzas.

En definitiva, los mercados existen porque hay tantas opiniones como personas. Recuerdo la definición que utilizaba Ambrose Bierce de desierto en su diccionario del diablo: “Tierra extensa y fértil, que en los folletos de colonización, produce un trigo espléndido y vendimias abundantes”.

Buena semana

Julio López Díaz, 27 de febrero de 2014

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