Diógenes y Aristipo

El filósofo Diógenes dijo un día a Aristipo:

¿Ves lo que yo hago? Si tú supieras alimentarte de coles, no tendrías necesidad de lisonjear a los grandes.

¿Y qué? -respondió Aristipo- Si tú supieras lisonjear a los grandes, no te verías obligado a alimentarte de coles.

¿Quién tiene razón? ¿El filósofo o el superviviente que se adapta a lo que le toca vivir? Esta duda la tenemos todos los que, por vicio, nos enfrentamos al cruel empleo de traders. ¿Te vuelves a cagar en la madre que parió a los de la FED, o empiezas a mover las caderas y bailas la lambada? Pues estamos siempre en contradicción y, como los cocodrilos, durmiendo con los ojos abiertos. El Diógenes que llevo dentro me sigue dando la tabarra con este viaje a ninguna parte en el que estamos embarcados en la economía mundial, y por otra parte, esa estupenda barriga, que llevo años y años moldeando, me aleja del mundo de las coles. Es una lucha entre el corto plazo incombustible, que no cede ni para coger carrerilla, y el gran meteorito Armaggedon que todavía está llegando por Saturno, pero que pasó por Plutón hace ya tiempo, y no ha cambiado de ruta. No se puede rehacer la realidad, hay que tomarla como viene, no ceder ni un metro de terreno y defender el mandato de preservar el capital de nuestros clientes. Como dice el mítico Carlos Salem. “Creo que el mundo funciona así: unos se hacen preguntas y otros follan. No sé decir qué es mejor”.

La nueva pata alcista de los mercados ha seguido la misma pauta que las anteriores. No viene por un mejor comportamiento de la economía, sino por el “algo tendrán que hacer los Bancos Centrales” y por un nuevo roll over de las expectativas al trimestre siguiente. “Este ha sido malo por el tiempo, pero el próximo verás que sí que sí…”. Y aquí nadie se pregunta ¿oye, y no será que si tenemos este crecimiento anémico es porque no están funcionando las medidas que venimos intentando una y otra vez?  ¡¡¡Somos la leche, sólo nos hemos desviado un par de décimas del objetivo de no tener déficit!!! ¿De no tener déficit? – pregunto. Bueno de sólo un 6,5% de déficit. O sea, que para obtener un crecimiento cero el año pasado, nos hemos endeudado en 65.000 millones de euros más. ¡Que suenen las fanfarrias y que toquen las trompetas los querubines! Hijos, este fin de semana podemos ir los cinco al cine, pero le debo el equivalente a 100 entradas nuevas a los acreedores. Volvemos a la definición de economía: adquisición del tonel de vino que no se necesita para nada, por el precio de la vaca que no se puede pagar. Hace un par de años lo más importante era la deuda, ahora es irrelevante el estar endeudado. Nos hemos ido al otro lado del péndulo (tienes suerte de que te dé unos títulos al 0.00001% porque si no, no sabrías qué hacer con el dinero). Todo lo fijamos a la rebaja de la prima de riesgo, sin darnos cuenta de que si no reducimos el principal, volveremos a tener problemas a la vuelta de la esquina. Si hiciéramos el ejercicio de cambiar el Estado por una familia, seguramente nos comportaríamos de forma muy diferente. Y esa diferencia viene por el poder coercitivo del Estado, que se permite no pagar una factura y a ti te reclama una multa de forma inmediata por ir a 72 en los túneles de la M-30. Ya veremos qué ejercicios de fuerza nos vamos a encontrar ahora que ya hemos ordeñado hasta al toro, pero a mí tener títulos de deuda pública me sigue provocando ronchones.

Ahora lo imperante es el optimismo desbordante. Esa doctrina o creencia según la cual todo es bello, incluso lo que es feo; todo es bueno, sobre todo lo malo; y todo lo equivocado es acertado. Los que con mayor tenacidad la sostienen, son precisamente quienes más acostumbrados están a la desgracia de sufrir adversidades; y la manera más aceptable de exponerla es esbozando una falsa sonrisa, o en el caso de los inversores, “es el mercado el que manda”, aunque yo no me lo crea. Tratándose de una fe ciega, no corre el peligro de que la deslumbren las luces de la refutación; se trata de un trastorno intelectual que no tiene más tratamiento que la muerte. Es hereditaria, pero por suerte, no es contagiosa. Sólo decir unos datos para “alumbrar” ese futuro tan luminoso. La inversión real en activos fijos ha crecido a una media del 1% durante los 14 últimos años, lo que no parece que vaya a dar muchas alegrías futuras, y por otra parte la media de los meses de recuperación tras una recesión desde 1950 ha sido de 53 meses, cuando llevamos ya 57. A lo mejor estamos cargando la Samsonite y montándonos en Valdeacederas, para bajarnos en Plaza Castilla, final de trayecto y correspondencia con quién sabe dónde.

Volvemos a dejar toda la munición en manos del BCE para que tome alguna medida de lucha contra la deflación. Ya sabemos que la deflación es un problema para el que tiene deudas, en el caso actual los gobiernos, y a partir de ahí hay mucha literatura, con teorías antagónicas sobre los efectos reales para cada individuo o grupo social. El huevo y la gallina. La principal fuente de deflación es la caída de salarios, que termina por disminuir el consumo, que es lo que nos ha hecho ganar competitividad y subir el nivel de nuestras exportaciones y contribuir a cierta reactivación de nuestra economía. Todos los movimientos de los bancos centrales van encaminados a dos cosas, principalmente. Por un lado, intentar disminuir la factura de intereses de la deuda de los gobiernos. Por otro lado, disminuir los costes financieros de las empresas, dotarlas de más beneficio y, por lo tanto, de mayor capacidad de invertir en nuevos proyectos o poder contratar a más empleados. Esta correa última es la que está rota, porque el excedente de beneficios se ha quedado embolsado en los mercados de valores y no se ha repercutido a la sociedad, provocando cada vez mayores diferencias sociales. ¿Y si le damos la vuelta a esto? ¿Y si, en vez de esperar a que unos cuantos saquen y pongan la bola en juego, lo hacemos al revés? ¿Y si se suben los salarios, se aumenta la renta disponible de la gente, se aumenta su consumo y como último paso, las empresas logran vender más? Yo me lo planteo como pregunta. No tengo la respuesta. Pero prefiero un modelo así, a que utilicemos un intermediario cada vez más gordo, como es el Estado, y que las migajas que nos dan nos las  vendan en la próxima campaña electoral como una graciosa dádiva. Mi opinión sobre el movimiento del BCE es que no va a hacer nada (por lo menos en esta ocasión) y puede llevar a cierto desencanto en los mercados. Por lo menos es sorprendente que la subida de las bolsas no venga acompañada de una mayor depreciación del euro. Prudencia, créanse el 10% de lo que oigan, una cuarta parte de lo que lean y la mitad de lo que vean.

Otro de mis temas preferidos. La investigación abierta por el FBI sobre los HFT (high frecuency tradings). Ya saben, maquinitas basadas en algoritmos que se encargan de hacer la puñeta a los inversores finales, llenando las pantallas de falsos precios o haciendo front running a órdenes de compra o venta en mercado, beneficiándose de las estructuras rotas de algunos mercados y de la cercanía de sus ordenadores a la Bolsa. Suponen ya un 70% de las operaciones diarias en la Bolsa de Nueva York. La gestión institucional de carteras se ha incrementado de un 54% a un 81% del total de mercado en la última década. Pues a pesar de ese aumento, la gestión institucional que hace 10 años representaba el 47% de las operaciones de mercado, hoy apenas representa el 29% de las mismas. Para mí, muchos de ellos representan una clara manipulación de los mercados (por lo que tienen de bloqueo de órdenes en el mercado con cancelaciones de miles de órdenes y precios que no llegan a estar una milésima de segundo en el mercado) pero hasta ahora, los reguladores y los gestores de las bolsas de contratación han hecho oídos sordos a las quejas.

Bueno, máxima atención a lo que dice Draghi hoy y encomiéndense a alguien. Dios ha muerto, Nietzche ha muerto y yo estoy regular de salud.

Julio López Díaz, 03 de abril de 2014

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