Fidel Castro

Una de las cosas más curiosas de la historia es la importancia que tiene la casualidad o la suerte en su discurrir. Teníamos, por ejemplo, un cabo austriaco con bigotito que su mayor deseo era ser pintor de acuarelas, pero algún miope profesor de la Escuela de Arte de Viena no supo ver su talento y hay que ver la que se armó después. Fidel Castro era bateador en el equipo Marianao. Era muy bueno, tanto que en 1947, a los 21 años, fue convocado para una prueba de los Senators de Washington. De haberla superado, se habría convertido en jugador profesional y habría vivido estupendamente paseando todos los días por el Mall y muchos cubanos se lo hubieran agradecido. También tenemos ejemplos contrarios; la verdadera vocación de Van Gogh nada tenía que ver con el permanganato y el aguarrás, sino con predicar el evangelio entre los pobres. Durante tres años, entre los 24 y los 27, intentó desesperadamente conseguir plaza en el departamento de Teología de la Universidad de Amsterdam. Cuando suspendió el examen de ingreso, estudió para una plaza en una escuela misionera cerca de Bruselas, pero volvieron a suspenderlo en el examen de ingreso. Por tercera vez intentó convertirse en pastor, esta vez en una pequeña parroquia de un pueblo minero de Bélgica. Profundamente conmovido por la pobreza que le rodeaba, dio todos sus bienes a los mineros, incluyendo la mayor parte de su ropa. Un inspector del Consejo de la evangelización llegó a la conclusión de que el exceso de celo del misionero resultaba escandaloso. La Iglesia Reformada Holandesa lo expulsó, y se decidió a pintar.

En la actualidad, tendríamos que ver qué hubiera pasado si mi superadmirado Alan Greenspan hubiera seguido con su carrera de clarinetista, Ben Shalom Bernanke con la farmacia de su padre y Yellen como doble de Charlize Theron en las escenas de sexo de las películas. Para algunos, se hubiera acabado el mundo, para otros, todo estaría mejor, y en mi caso, me habrían suprimido los argumentos sobre los que escribir cada semana. Lo cierto es que todos los gestores “long only” deben de ponerles velas todas las noches y rezar por ellos, por delante de padres, hermanos e hijos. Desde la intervención del jueves pasado de Draghi (este mes no, pero el que viene, sí que sí…) los mercados se han acercado a los máximos del rango lateral con el que llevamos conviviendo desde comienzo de año, y en algunos casos (Dow Jones, FTSE inglés y CAC francés) los han roto ligeramente. ¿Será la buena? Pues tendremos que esperar un poco para ver si rompe definitivamente o es una nueva salida en falso para sacar a todos los cortos. Desde luego, el movimiento no tiene nada que ver con una mejora micro de los resultados de las empresas, que han vuelto a decepcionar, y sí con la esperanza de un nuevo tsunami comprador de los Bancos Centrales (en este caso el europeo). Desde luego, si vemos un gráfico del S&P y los flujos de dinero de la FED tienen una correlación de casi 1, con lo que ponerse en medio puede suponer llenar las consultas de los psiquiatras. ¿Pero las intervenciones funcionan o no? Pues nadie lo sabe, y mejor no preguntar, que esto sube…

Si miramos el caso japonés, con sus intervenciones Abenómicas, nos encontramos con que el Nikkei está al mismo nivel que hace un año, después de que su Banco Central haya alcanzado un balance equivalente al 40% de su PIB. Su deuda pública ya es el 240% de su PIB, y la deuda total del país se acerca al 500% del PIB. El crecimiento del trimestre pasado lo va a perder este, tras subir el IVA, y la inflación de momento no termina de aparecer (si excluimos que ahora el petróleo y los alimentos, para las familias son más caros para un país con apenas materias primas). En poco más de una década, el total de pensionistas será superior al 40% de la población, y entonces se encontrarán que la política de tipo de interés cero no les ha permitido ahorrar lo suficiente, y que la debilidad del yen les habrá destrozado su poder adquisitivo. Pero estos son sólo pensamientos de un trader amargado, empeñado en sacar punta a todo. ¿No será que precisamente el problema no resuelto de la deuda, es lo que les impide crecer?

Eso sí, se han publicado las remuneraciones de los principales gestores de hedge fund y las lágrimas han llegado desde María de Molina hasta la estatua del Marqués del Duero, en la Castellana. David Tepper, gestor de Appalosa ha ingresado 3.500 millones de dólares el año pasado, y entre los cinco primeros llegan a los 12.000 millones de dólares (más o menos la cuarta parte de la factura de los intereses de la deuda pública española). Eso Bernanke lo llama factor riqueza. Y eso que en la lista tenemos un caso maravilloso como el de Steve Cohen con una remuneración de 2.400 millones de dólares. Teniendo en cuenta que ha tenido que pagar 1.200 millones de dólares para llegar a un acuerdo por uso de información privilegiada, el neto por delinquir no está tampoco nada mal.

No voy a entrar al debate de cómo debe ser la remuneración de alguien, porque siempre es complicado decir cuál debe ser el límite, pero siendo parte del sector financiero, me parece espeluznante estas remuneraciones para alguien que no aporta PIB. Por otra parte, la sustracción de rentas por los parásitos burócratas estatales me produce la misma desazón.  Nos encontramos con una realidad; los salarios desde 1980 están estancados, y los beneficios sociales (pensiones, sanidad, educación) han absorbido gran parte de la ganancia de la productividad mundial. El resto ha ido a beneficios empresariales. Esto crea un problema de difícil solución. Si miramos la relación entre productividad y costes, nos encontramos que la productividad en servicios es muy intensa en mano de obra (enfermeras, profesores) y se tienen incrementos de productividad mucho más bajos que las industrias de productos. Por ejemplo, alguien que intente aprender y tocar una pieza de Mozart, tarda lo mismo ahora que en 1790. Las ganancias de productividad son muy modestas. Por el contrario, la producción de un televisor es infinitamente más rápida que hace cuarenta años. ¿Y a dónde quiero llegar? Si tomamos un índice de precios desde hace 40 años, vemos cosas muy curiosas. Los precios de las matrículas de los colegios han subido un 750%, los cuidados médicos un 510%, el precio de las casas un 310%, y la media de incremento de los precios un 290%.

La comida ha subido un 270%, los coches un 170%, la ropa un 150% y las televisiones han bajado un 76%. Como pueden ver, lo que más sube es la educación y la sanidad, que cogen cada vez una mayor pieza de la tarta de los ingresos de la gente y los impuestos cada vez tienen que subir más para hacer frente a estas partidas. Cuando se pregunta a la gente qué es lo último que hay que recortar, salen siempre estas partidas. ¿No hay más remedio, o hay alguien que se aprovecha de esta necesidad?

Voy a insistir un poco en el tema de las desigualdades, que es uno de mis temas preferidos, aunque desgraciadamente como les he comentado, no he alcanzado a tener una visión suficientemente clara para sostener un argumento u otro. Lo que veo es que los Estados se encuentran en una situación en la que tienen que rendir pleitesía a dos señores. Por una parte, reforzar sectores o empresas cuasi-monopolísticas (el sector eléctrico, por ejemplo) y por otra parte, satisfacer unas demandas casi infinitas de la sociedad para mantener la estabilidad y la paz social (y para ganar votos que les permitan seguir en sus cargos). Si el Estado va contra los primeros, los beneficios caen, el capital deja de invertir o se va a otro lado, y se deja de contratar gente. Si no atiendes al segundo, señor, tienes montada la marimorena. Este es el dilema en un mundo globalizado, competitivo y de crecimiento pequeño. Para no afrontar esta espada de Damocles, los Estados han encontrado dos armas: la deuda y la impresión de dinero. Y este proceso nos conduce a la “financialización” de la economía y al gran peso del sector financiero y su invulnerabilidad, y alimenta un proceso de continuas crisis y burbujas eternas, y la necesidad de un flujo continuo de dinero y crédito para alimentar el propio gasto.

El caso es que estamos en una situación en que, como diría Guardiola, la posesión de balón está en manos de los alcistas (muchos más días subiendo que bajando). Es la misma estadística que cuando en mi juventud salía de copas. Me tiraba cuatro horas en la barra del bar con una tía buenísima y a última hora aparecía un tipo que se la beneficiaba en cinco minutos. No todo es la posesión…

Buena semana

Julio López Díaz, 14 de mayo de 2014

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