Estudiantes de Bachillerato

En esta época del año, suelen acercarse estudiantes de bachillerato confusos con la elección de lo que quieren hacer en la vida para que les demos una pequeña introducción de lo que hacemos y de cómo funcionan los mercados financieros. A fuerza de repetirnos en nuestra explicación, después de 24 años delante de las pantallas, ya hemos sido capaces de poder construir un discurso ordenado que, no por repetido, dejo de leer cada vez que me muestro confuso o cabreado por alguna mala decisión de trading. Y para cubrir mi carta semanal y dada la situación de pocas noticias relevantes o movimientos convulsos en los mercados, pongo negro sobre blanco. Primero, en los mercados hay muchos tipos de jugadores y cada uno juega a algo distinto. No son mejores o peores, más o menos listos unos que otros, pero sí es importante saber a lo que uno juega y no quejarse porque tenemos tres sietes y la sota de oros, pero estamos a Tutes. Hay inversores a largo plazo, ahorradores y especuladores a corto plazo e incluso intradiarios, como es el 70% de la actividad de nuestro fondo. Los condicionantes con los que uno se maneja son muy distintos, y la clave es no mezclar parámetros. Para unos, lo importante será el descuento de dividendos, para otros el cash flow operativo y para otros simplemente la repetición de un patrón en la secuencia de precios de una acción, que se ha repetido consistentemente en el pasado. Unos se leerán con lupa hasta los pies de página de las memorias de las compañías y otros sólo se fijaran en un movimiento anormal en el volumen de negociación diario. No hay una regla fija, los mercados no son una ciencia como las matemáticas, y todo tipo de análisis es lícito. No existe una estrategia general para hacer dinero, cada operador tiene su sistema, que cualquiera puede cuestionar y que no aspira a convertir en verdad universal. Unos jugarán a comprar una acción de Telefónica para jugarla de forma direccional, y otro inversor puede tener una estrategia relativa de comprar Deutsche Telecom y vender Telefónica. Todos los días, el mercado ofrece liquidez y precio, aunque no haya noticias nuevas macroeconómicas o de empresas. En el mundo de las finanzas, lo que hoy es imposible, mañana puede ser el último grito o la solución a nuestros problemas y pasado mañana ser considerado absurdo. La última moda es dar mucho peso a los sistemas automáticos de trading basados en métodos matemáticos, pero se basan en principios que subestiman los extremos de euforia y pánico. Y es, precisamente, la arbitrariedad con que se invierte en acciones y el papel que juegan los sentimientos a la hora de la toma de decisiones de inversión, lo que más me fascina de este trabajo, y que nos hace tener que reinventarnos continuamente y poner a prueba nuestras concepciones de las cosas.

Lo primero que les sorprende a los estudiantes es la casi nula correlación de los mercados financieros con la economía real. Cuando oyen la palabra crisis o ven como las cifras de paro no dejan de subir, eso no quiere decir que no haya gente ganando dinero al alza en la Bolsa, o que cada vez que se publican datos maravillosos de creación de empleo el mercado se muestre incómodo ante la previsión de retirada de impulsos económicos por parte de los Bancos Centrales. Al invertir en Bolsa, los hechos son mucho menos importantes que las expectativas. Las expectativas mucho tienen que ver con el mundo de los sueños, y unos verán a rubias walkirias y otros monstruos que les devoran. La actuación de las personas que integran los mercados es muy compleja, la creatividad no tiene límites cuando nos ponemos a poner cifras a un business plan y no puede reducirse todo a una fórmula matemática. La única forma de sobrevivir es practicar un sano escepticismo y dar la importancia justa a nuestras propias opiniones, asumiendo que en determinado momento o precio nos hemos equivocado. Durrenmatt decía “cuanto mejor se planifican las personas, mayor es el poder que tiene en sus vidas la casualidad”. Nunca he creído en la teoría de la eficiencia de los mercados, ni ese aserto de que las cotizaciones reflejan en todo momento toda la información disponible. Siempre me ha parecido algo místico (a veces me pongo a analizar las curvas de demanda del peyote) cuando los analistas se ponen a analizar riesgos y los cuantifican en euros por acción, o ponen un precio objetivo determinado cuando el mundo bursátil es un animal complejo e indomable, en el que siempre aparece un nuevo hito no contemplado en el análisis previo que echa por la borda todo lo que creíamos que sabíamos. En 2007, casi todos los grandes bancos occidentales compartían la misma política de gestión de riesgos, contaban con un capital garantizado suficiente y ofrecían una alta seguridad (el AAA era el apellido más común para muchas emisiones de morralla), tenían un alto rendimiento y mostraban una escasa correlación con el mercado de acciones. Cuando el mercado empezó a caer, sucedió algo que la teoría no contemplaba: todos se vieron obligados a vender los mismos valores al mismo tiempo. Todos aquellos que contemplaban los mercados como una distribución normal se dieron cuenta de los problemas que había en las colas de la distribución, y las graves consecuencias de no haberlos contemplado. ¿Cómo íbamos a gestionar ese 1% de los casos si es despreciable? La distribución normal nos decía que entre 1916 y 2003 debería haber habido cincuenta y ocho días con una fluctuación mayor del 3.4%, la realidad es que fueron mil y un días. Sólo debería haber habido seis días con una fluctuación superior al 4.5% y fueron 366. Cada 300.000 años habría un día que pasaría del 7% y la realidad es que ha ocurrido en 48 ocasiones. El modelo no tenía una variable que se llamara miedo, ni otra variable que se llamara codicia u otra que se llamara ingenuidad. En los mercados muchas veces nos parecemos a esas cordadas innumerables de alpinistas que suben el Himalaya. Vamos todos contentos porque pensamos que si tropezamos el resto estará bien sujeto y nos retendrá. El problema es que cuando son tres o cuatro los que pierden pie, lo más probable es que caigan todos.

La euforia y el pánico son tendencias que el mercado lleva hasta el infinito. A la mayoría de los gestores le gusta pegarse a un índice o no separarse demasiado de lo que hacen sus competidores, y lo peor de todo es perder dinero cuando los demás lo ganan. Keynes lo definía muy bien cuando decía que “en el país de los ciegos, el tuerto es… idiota”. Si preguntas a muchos gestores amigos cercanos, más de un setenta por ciento no se creen las cotizaciones actuales y piensan que el mercado está caro, pero no venden porque les puede mucho más el miedo a equivocarse y que el mercado suba y les pille fuera. Sin embargo, les da mucho menos temor el hecho de que haya una torta y bajen con las carteras a tope. Si miran las empresas del Ibex 35, el noventa por ciento de las mismas están dirigidas por las mismas personas  (estoy pensando y creo que me estoy quedando corto) que estaban antes de la crisis actual. ¿Alguien les ha penalizado por no haberla visto venir? ¿Qué hubiera pasado en 2007, un día antes de empezar la crisis, con un presidente de un banco que en 2005 hubiera dicho que no se daba ni una sola hipoteca más? Me decía el otro día un amigo de un banco nacional que estaba vendiendo préstamos, participaciones accionariales, inmuebles y los floreros de su entidad, que no paraba de recibir a fondos extranjeros en búsqueda de cualquier activo que tuviera el adjetivo español, sin mirar mucho el precio. Ante mi incredulidad me respondió, es muy fácil, las noticias de los periódicos mundiales hablan de recuperación de España, con lo que tienen que poner sus inversiones en España por lo menos al mismo nivel de peso que tiene en el benchmark mundial, y sobre todo… el dinero no es suyo (refiriéndose a los gestores) y lo último que quieren es quedarse fuera de inversiones que estén en los titulares del Wall Street Journal.  Son los mismos que vendían el Ibex a 6.500 y no recibían a nadie que viniera de España.

Como decía Jardiel Poncela “un buen amigo siempre os dirá la verdad, salvo en el caso de que la verdad sea agradable”.

Buena semana,

Julio López Díaz, 21 de mayo de 2014

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