James McNeil Whistler

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, el artista estadounidense James McNeil Whistler conoció el éxito en vida, pero sus caras aficiones le cubrieron de deudas. En una ocasión, un acreedor llamó a su puerta. Whistler, amablemente, le invitó a tomar una copa de champán. El gesto sorprendió al reclamante “¿Cómo es posible que no pague lo que me debe, y sin embargo me ofrezca champán?- le preguntó. El pintor le sacó de dudas “No se preocupe amigo mío, el champán tampoco lo he pagado”.

Lo mismo se pregunta mucha gente con toda la actualidad periodística de las últimas semanas. ¿Cómo puede no haber dinero para unas cosas y sí para otros oropeles? Y lo que sale a la luz es la existencia de una élite extractiva cuya única misión es la captura de rentas, sin crear riqueza alguna, detrayendo rentas de la mayoría de la población en beneficio propio. Es un sistema que distribuye el poder político de una manera amplia entre sus allegados y que abomina de cualquier proceso innovador y lo suficientemente amplio como para crear nuevos núcleos de poder económico, social o político.

Nos asombramos mucho del nivel de corrupción que alcanza la sociedad española, pero leyendo un libro sobre la posguerra en Europa, la situación no resulta nueva ni extraña. En el caso italiano, por ejemplo, después de la IIGM tenían un problema muy serio con la pobreza en todo el sur del país. Todas las iniciativas elaboradas para sacar al sur de la pobreza no funcionaron, dejando como única solución la emigración. La función del Estado Republicano no era muy distinta a la de su predecesor fascista, del que había heredado la mayoría de sus burócratas (todavía en 1971, según Tony Judt, el 95% de los funcionarios italianos había iniciado su trayectoria profesional antes del derrocamiento del fascismo). El papel de Roma consistía en proporcionar empleo, servicios y bienestar a los muchos ciudadanos italianos para los que constituía el único refugio. El Estado poseía o controlaba grandes sectores de la economía italiana. A mediados de los 50, aproximadamente tres de cada cinco funcionarios procedían del sur, a pesar de que dicha región representaba menos de un tercio de la población. Este clima de dependencia constituía un terreno abonado para la corrupción y el delito. Quien quiera que controlara el Estado Italiano, se encontraba en una posición especialmente idónea para dispensar favores, directa o indirectamente. De este modo, la política de la Italia de la posguerra, a pesar de su pátina de fervor religioso o ideológico, consistía en una lucha por ocupar el Estado, por acceder a sus resortes de privilegios y patrocinio. La Democracia Cristiana gobernó casi ininterrumpidamente durante esta época. Lo que atraía el voto eran las promesas de electricidad, instalación de agua corriente en las casas, préstamos agrarios, carreteras, escuelas, fábricas y puestos de trabajo. Desde el punto de vista del homo economicus, el sistema era a todas luces poco rentable, además de resultar perjudicial para la iniciativa privada y la eficiencia fiscal. El milagro económico italiano se produjo más a su pesar que por su causa. Italia, en realidad, estaba dirigida por unos administradores no elegidos que trabajaban en el Gobierno Central o en alguna de las numerosas agencias paraestatales.

En Austria no fue muy distinto. Los conflictos laborales se dirimían mediante el arbitraje, más que por la confrontación, del mismo modo que el estado bicéfalo trataba de evitar las disensiones a través de la incorporación de sus opositores en un sistema compartido de beneficios y recompensas. La prosperidad sin precedentes de aquellos años permitió a la gran coalición (Partido del Pueblo y socialistas) archivar sus desacuerdos y conflictos de interés y, de hecho, comprar el consenso del que dependía el equilibrio del país. Algunos colectivos de la sociedad austriaca quedaron inevitablemente fuera: pequeños comerciantes, artesanos independientes, agricultores aislados y cualquiera a quien su trabajo o sus incómodas opiniones situaran al margen de la red de asignación de beneficios y cargos.

La deriva actual ha llegado a un punto en el que ya no hace falta justificación alguna: El Poder justifica la búsqueda y sostenimiento de sí mismo. Su sostenimiento en el tiempo lo es todo y lo justifica todo. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Cuando se pone al ser humano en la abundancia, predomina en él la avaricia y el deseo de crecimiento, cuando se pone al ser humano contra las cuerdas, predomina en él  el miedo y la violencia, al servicio de la supervivencia. Entre 1990 y 2008 estábamos en el mismo modo: acumulando beneficios y creciendo. Era más ventajoso cooperar que competir. No había clases sociales o su importancia no era tal. Desde 2008 se ha roto el cuerno de la abundancia, hemos dejado de tirar de chequera, nos hemos despertado y ha saltado el pánico. Se reactiva la lucha de clases, los países no siempre cooperan y todo es competencia. Se despide a gente, se reducen salarios y el dinero gratuito deja de manar (out of banking sector, of course). Los que antes recibían una paguita del ayuntamiento, dejan de recibirla porque hay más “controles”. La empresa de chapuzas del sobrino del alcalde, que había construido la biblioteca del pueblo, el polideportivo y había levantado tres veces el pavimento de la plaza del ayuntamiento, se encuentra sin proyectos. Antes no preguntaban de dónde salía el dinero, pero ahora se sienten engañados porque a ellos no les llega. Esa época de excesos de la que ahora nos quejamos y criticamos, alcanzó a casi todo el mundo, pero ahora hacemos una revisión como si no fuera con nosotros.

La sensación primera que me crea todo esto (y seguro que tengo mails esta tarde rebatiéndomelo, diciéndome que confundo churras con merinas) es que todas estas actividades están siempre cercanas a lo público. El Estado ha ido ganando espacio a lo privado (casi el 50% del PIB español) creando un excesivo intervencionismo y el alzamiento de unos poderes totalmente arbitrarios que abruman a los ciudadanos de a pie. Se han otorgado a sí mismos unos poderes que son difícilmente protestables por los ciudadanos, sin meterse en una auténtica marcha por el desierto judicial, con una pérdida absoluta de tiempo y dinero. La carga de la prueba corre siempre por parte del contribuyente. “Esto es así, y paga”, luego puedes protestar, pero a ver quién lucha contra las máquinas acorazadas de la burocracia del vuelva usted mañana.

La vieja lucha del más Estado o menos Estado. En mi opinión, lo que ha puesto de manifiesto el tema de las tarjetas de Cajamadrid, es que la diferencia no ha sido mayor o menor moralidad, sino tener acceso o no a los medios. Se han aprovechado políticos, empresarios y sindicatos; gente de derecha, de izquierda o mediopensionista. Todos han entrado en el reparto. Me gustaría ver a todos estos que se rasgan las vestiduras gritando lo de chorizos, cuántos hubieran rechazado que les sentaran en un despacho y les dijeran “mira, esta tarjeta la puedes usar como quieras, forma parte de tu remuneración”. Lo verdaderamente grave del tema es que quien lo incita es un antiguo Ministro de Economía y Hacienda, o un Secretario de Estado de Hacienda, de los de la campaña “Hacienda somos todos”. La duda que se nos plantea es saber en qué equipo jugamos. Si nos sentimos integrantes de ese “Estado” o si por el contrario es realmente el enemigo del que tenemos que defendernos, y como decía alguien “evitar pagar impuestos es el único empeño intelectual que todavía proporciona alguna recompensa”. ¿Debemos esperar que, si viene gente nueva a dirigir nuestros pasos, se vayan a comportar de forma distinta, o por el contrario lo que debemos hacer es evitar “tentaciones” y adelgazar lo más posible el Estado, devolviendo impuestos a los ciudadanos y limitar sus actividades a labores sanitarias, educativas y de seguridad ciudadana? ¿No se deben eliminar prerrogativas sobre dar licencias de apertura de negocios, decir si un terreno es edificable o no, etc. que es donde se han concentrado los mayores casos de corrupción? ¿No da miedo, cuando volvemos a oír hablar de crear un nuevo banco público andaluz, como si lo de las cajas de ahorro hubiera pasado en otro siglo y en otro país? ¿No es hora de que, como ciudadanos, le quitemos esa careta de primo de Zumosol al Estado y lo hagamos más pequeñito diciendo, retírate un poco del terreno de juego, no te necesito, yo mismo soy capaz de ganarme las habichuelas, y lo único que quiero es que no molestes? ¿No sería más útil, por ejemplo, que cada uno de nosotros mismos pudiéramos encargarnos de hacer una labor social, en lugar de pasar por las tuberías llenas de goteras del Estado, con una deducción de impuestos del 75% como en otros países europeos?

Cuanto más fuerte habla un político en una comida sobre su honor, más rápidamente tienes que contar tus cucharas.

Buena semana

Julio López Díaz, 29 de octubre de 2014

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