Nápoles

Lo primero, muchas gracias a todos los que me han llamado preocupados por mi salud al no haber recibido mi epístola semanal.  El S&P se alía con el colesterol, Cristiano Ronaldo y la innombrable, pero de momento mantengo las defensas en buen estado. La semana pasada aproveché cuatro días para alejarme un poco de los mercados, tomar la necesaria distancia e ir a disfrutar de uno de esos viajes permanentemente aparcados en el tiempo, que era ir a visitar Nápoles y Pompeya.  Y si es magníficamente acompañado de buenos amigos, que gracias a los Dioses no trabajan en los mercados financieros, pues mejor que mejor, para respirar un poquito de aire fresco y desintoxicarnos del aire viciado del que nos alimentamos los que hablamos permanentemente de  Bancos Centrales, Gobiernos, resultados de empresas, etc.

Lo que pasa es que uno no logra alejar nunca su enfermedad, y cada imagen o paisaje que veía, automáticamente lo trasponía a términos económicos y pensaba en las numerosas paradojas con las que nos enfrentamos cotidianamente. Leyendo a Plinio el Joven, narrando esa mañana del 24 de agosto del año 79, que amanecía tranquila, lo asemejaba a la sensación misma que hay ahora en el mercado de estar en un mundo seguro, perfectamente controlado y armonioso, en el que no hay ninguna fuerza de la naturaleza que nos pueda eliminar la sensación de vigor que nos embarga. Y dos días más tarde no existe nada…  Y siguiendo con la lectura del clásico, llama la atención que el mayor número de víctimas no se produjo el primer día, sino el segundo con las emanaciones de gases, y sobre todo entre los que buscaron refugios en los templos de los dioses (yo, en mi paranoia, asemejo a los bancos centrales actuales con esos dioses mitológicos protectores y a figuras chartistas de doble máximo con trampa alcista con los sucesos del segundo día). Y para rematar, e intentar encontrar algún efecto ejemplarizante y optimista a todo aquello, la destrucción de entonces representa ahora mismo para la ciudad su principal fuente de ingresos, con una media de más de 10.000 turistas diarios. ¿Es precisa una destrucción total para realmente tener un futuro mejorado?  Demasiadas hierbas secas mentales.

Y como libros de mitología, quedarán dentro de dos mil años los libros de historia económica que hablen de lo que está pasando en Japón. La dinámica es muy curiosa. Como ya saben, están metidos en una política de estímulos monetarios que es un bucle de difícil solución. El Gobierno gasta, para lo que se endeuda emitiendo bonos, bonos que en su mayoría compra el propio Banco de Japón. La deuda pública se encuentra ya en un 250% sobre PIB, y el déficit público está por encima del 7%. El banco de Japón tiene más del 25% del total de bonos emitidos e incluso un mayor porcentaje en activos a corto plazo como letras del tesoro. El porcentaje de los ingresos fiscales que van a pagar el servicio de la deuda (simplemente los intereses) representa en la actualidad el 25% del total y eso que los tipos de interés están prácticamente en cero. Ya pueden imaginarse qué pasaría con una ligerísima subida de los tipos de interés. Para que comparen, la misma partida en el presupuesto español no llega al 8%. Cada japonés toca a 100.000 dólares de deuda, y dado que hace bastante tiempo que se olvidaron de cómo tener niños, los números hacia donde van son sencillamente escalofriantes. Intentaron compensar este desastre fiscal subiendo la recaudación. El IVA pasó del 5% al 8%, lo que han conseguido es que el PIB haya caído un 1.6% en el último trimestre, cuando se esperaba una subida cercana al 2%. Resultado, se retrasa la segunda subida programada del IVA que lo llevaría al 10% y convocatoria de elecciones anticipadas. El yen se va al carajo y la bolsa japonesa sube. ¿Por qué sube la bolsa japonesa? Dicen que por la ganancia de competitividad futura de las empresas exportadoras japonesas y por el tan manido “no hay otro sitio donde invertir”. Ya veremos. Estamos en una situación rara. Rara y nueva. Si nos fijamos en algún periodo histórico de gran impresión de billetes, como es el caso de la Alemania de Weimar, es cierto que el movimiento es el mismo de depreciación de la moneda (escala distinta, al menos hasta ahora) vino acompañado de subidas brutales de la bolsa, pero fruto de una inflación galopante que ahora no estamos viendo, y de la que por lo tanto no tienes que hacer una cobertura inmediata comprando activos. Y yo sigo esperando la respuesta de los países asiáticos vecinos ante esta “agresión japonesa”.

Otro tema paradójico es lo que está sucediendo con el precio del petróleo. Aquí, como hacía en su libro Freakonomics Steven Levitt, se genera mucho efecto mariposa que no siempre es visible en un primer momento, cuyos efectos dependen de en qué barrio habites. En un primer momento, una bajada del precio del petróleo es positiva, por su efecto de menores costes para empresas y particulares que en general desemboca en una mayor renta disponible. En el caso de Europa lo es sin duda, pero para otros países supone una auténtica piedra en el zapato. Para muchos países del mundo, el petróleo supone su principal fuente de ingresos fiscales, de la que depende la ejecución de políticas sociales y de inversión. Pensemos en Rusia, Irán, Venezuela o Ecuador, donde precisamente la paz social depende en gran medida de este dinero. La posibilidad de desestabilización es bastante alta, incrementando los riesgos geopolíticos. Pero pensemos en Estados Unidos. Una de las causas más esgrimidas del mejor comportamiento económico americano frente a otros países, es todo el proceso de obtención de energía derivada del gas pizarra y de las técnicas de fracking. Esto hace subir la oferta de energía y bajar los precios. En los tres últimos años es el sector que más empleo ha creado en USA, a años luz del resto. Hasta aquí todo perfecto. Pero para hacer rentable estas extracciones, más caras que las tradicionales, se necesita un precio del petróleo más alto. Si el precio se mantiene por estos niveles se dejará de invertir y de generar puestos de trabajo. ¿A qué hay que dar más peso? Como todo lo que está pasando en el mundo actual, unos se beneficiarán y otros lo pagarán.

Terminado con los mercados, más de lo mismo. La bolsa americana sin freno, y las europeas perdiendo terreno permanentemente (alrededor del 7% contra la bolsa americana en el último mes y medio). Nos ha llevado al peor momento de los últimos seis años. Yo pienso que este proceso va a darse la vuelta. En algún momento veremos los efectos del euro y el petróleo más bajo en Europa, y aunque ya saben mi total oposición desde el punto de vista de economía real a las intervenciones de compra de deuda del BCE, creo que en algún momento se pondrá encima de la mesa, y ya sabemos cuál es la respuesta del mercado. De todas formas los “factores internos” del mercado me resultan cada vez más extraños. Si vemos la última recuperación de las bolsas, seguimos viendo factores que deberían hacernos levantar la ceja.  Los valores cíclicos siguen haciéndolo mal, la recuperación de precios se ha concentrado en pocos países y en pocos valores, los tipos de interés de la deuda han seguido bajando, los spreads de los high yield no han acompañado de la misma forma, las expectativas de inflación siguen por los suelos y el optimismo de los inversores, que se mide en encuestas como las de Investor Intelligence, está otra vez en máximos históricos como lo estaban la última semana de septiembre, antes del susto. La época en que estamos no creo que depare sustos antes de enero, pero supongo que lo mismo pensaban los patricios romanos que se atiborraban a uvas en sus divanes antes de la erupción del Vesubio…

Como siempre, no hay que fiarse, y les advierto que en estas epístolas les muestro mi imagen totalmente deformada de los mercados financieros, pero parafraseando a Churchill, yo sólo me fio de las estadísticas que he manipulado por mí mismo.

 

 

 

Julio López Díaz, 19 de noviembre de 2014

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