Abraham Lincoln

En 1859 Abraham Lincoln era un político quemado. Había sido leñador, había combatido contra los indios, había estudiado derecho y había fracasado en todos sus intentos para ser elegido Senador. Como tenía algunas deudas aceptó, por dinero, dar una conferencia en un lugar remoto. Impresionó a la audiencia con su labia y el Partido Republicano vio en él una cara nueva y prometedora. Sólo un año después ganó las presidenciales. No le gustaban ni las mujeres, ni los negros, y algún biógrafo sugiere que se casó con Mary Todd porque la había dejado embarazada y su suegro le obligó a ello. Sin embargo, se conoce el nombre de muchos hombres que pasaron por su cama. En sus cartas, su mujer le consideraba un redomado racista. Es verdad que tres años después de acceder a la Casa Blanca, proclamó la emancipación de los esclavos, con la adopción de las enmiendas 13 y 14 a la Constitución; pero lo hizo a rastras, porque nunca creyó en la igualdad de las razas. En 1858 en su campaña para el Senado lo dejó claro: “Ni soy, ni he sido nunca, partidario de la igualdad entre blancos y negros. Hay diferencias que impiden que vivan juntos en situación de igualdad social y política; pero si llegaran a vivir juntos, será en una posición de superior a inferior y, como casi todo el mundo, estoy a favor de que la posición superior la asuma la raza blanca”. En1862, siendo ya presidente tuvo el cuajo de recibir en la Casa Blanca a un grupo de líderes negros para decirles: “Incluso cuando dejéis de ser esclavos, estaréis lejos de ser iguales a los blancos. Es mejor para vosotros vivir separados”.

Hasta los políticos aparentemente impolutos que nos ha dejado la Historia tienen estas cosas. La semana ha sido más política que económica. A nivel internacional, se dio por concluido el tercer asalto entre Grecia y Europa. A nivel nacional, destacaría la presentación económica del programa de Ciudadanos y el debate sobre el Estado de la Nación. Tenía bastante curiosidad por la presentación que iban a hacer Luis Garicano y Manuel Conthe y lo seguí por streaming. Tengo que decir que me dejó bastante frio, esperaba bastante más. Sus directrices económicas se pueden resumir en seis puntos, siendo el más sorprendente el relativo al complemento salarial anual garantizado. Se habló de un modelo de contrato único de carácter indefinido, con indemnizaciones crecientes conforme a la antigüedad del empleado, una especie de bonus-malus en las cotizaciones de las empresas a la Seguridad Social, en función de si despiden mucho o poco, una ley de segunda oportunidad para las personas físicas deudoras, el tema de la dación en pago y una serie de apoyos y ayudas a parados de larga duración. El tema de la dación en pago es un punto en el que van a confluir todos los programas de partidos políticos. La principal consecuencia, en teoría, es que los bancos limitarán la concesión de préstamos, al poner un techo más bajo a la cantidad financiada sobre el valor de tasación de la vivienda, para protegerse de caídas posteriores de su valor. Lisa y llanamente van a “impedir” endeudarse a alguien que no tenga solvencia para afrontar los pagos y además la cantidad “ahorrada” con anterioridad por el prestatario para acceder a los préstamos va a tener que ser superior. En principio, supondrá que la demanda de viviendas pueda ser menor, y ceteris paribus, un menor precio de la misma.

En cuanto al tema del complemento salarial, me extraña que lo sugiriera un profesor de la London School Of Economics, porque algo parecido ya se intentó en los albores de la Primera Revolución Industrial precisamente en Gran Bretaña, con la llamada ley de Pobres y la ley de Speenhamland de 1795. Como cuenta Karl Polanyi en su libro “La gran transformación” (Álvaro, para que no te quejes de que no pongo fuentes), los jueces de Berkshire reunidos en el Pelican Inn de Speenhamland, cerca de Newbury, el 6 de mayo de 1795, en una época de grandes dificultades, decidieron que deberían otorgarse subsidios en ayuda de los salarios, de acuerdo con una escala dependiente del precio del pan, de modo que se asegurara un ingreso mínimo a los pobres, independientemente de sus salarios. Esta ley se abolió en 1834 basándose en dos premisas; una, que había impedido el establecimiento de un mercado de mano de obra competitivo y otra, que nadie trabajaba si podía vivir sin hacer nada, deteriorándose la capacidad productiva total de la economía. Una ley diseñada para impedir la proletarización de la gente común, o al menos frenarla, acabó en un empobrecimiento de las masas. Paso a entrecomillar a Mantoux en su obra “La revolución industrial en el siglo XVIII”. “El resultado de los subsidios era el mantenimiento de los salarios al nivel más bajo, incluso por debajo del límite correspondiente a las necesidades irreductibles de los asalariados. El agricultor o el fabricante dejaban que la parroquia (el INEM de la época) pagara la diferencia entre la suma que pagaban a sus trabajadores y la suma que éstos necesitaban para vivir. ¿Pues, cómo incurrían en un gasto que podría arrojarse tan fácilmente sobre el conjunto de los contribuyentes? Por otra parte, quienes recibían un subsidio parroquial estaban dispuestos a trabajar por un salario menor, lo que imposibilitaba la competencia de quienes no recibían la ayuda. Así, se llegaba al resultado paradójico de que el llamado “subsidio de los pobres” significaba una economía para los empleadores, y una pérdida para el trabajador industrioso que no esperaba nada de la caridad pública. En esta forma, la interacción despiadada de los intereses había convertido una ley caritativa en un yugo férreo”. En definitiva, supondría una bajada de salarios al trabajador sumado a un mayor déficit del Estado. Que le den otra vuelta, por favor.

Luego está lo del acuerdo con Grecia. Todos felices y nuevo balón para adelante (a lo mejor realmente no hay otra solución y tenemos que ir de burbuja en burbuja como decía Larry Summers). Lo que se ha conseguido es que Syriza haya reemplazado un conjunto de promesas irrealizables a sus votantes, por un conjunto de promesas incumplibles a la Troika. Y el experimento de presentarse a unas elecciones con un programa del que te caes a un mes de haber ganado las elecciones, ya parece un lugar común en cualquier partido político. Como ha dicho Samaras, y con razón, para firmar este pacto no hacían falta tantas alforjas, ya lo teníamos nosotros mejor hace dos meses. El choque de sueños con la realidad ha sido tremendo. La conclusión es bien sencilla, Grecia no tiene otra opción que tomar prestado de la Eurozona para poder pagar los intereses de la deuda que tiene contraída con la Eurozona, mientras que la Eurozona, para mantener a Grecia, no tiene más remedio que volver a dar préstamos para que no haya el temido default. Bonito trabalenguas, el eterno retorno de otro alemán como Nietzsche. Todo ello bajo la cultura del “printing forever and ever”. El problema es que esta montaña de deuda va a pagar gasto corriente y no a inversiones que generen rentabilidad, haciendo el agujero cada vez más hondo. Y las inversiones, bajo una misma moneda, no van a Grecia sino a Alemania. Se van a retocar pensiones, se demora la subida del salario mínimo, no se aumenta el gasto en funcionarios y subirá el IVA.

Como dijo Nixon ante Frost, “No mentí, dije cosas que luego ha resultado que no eran ciertas”.

Buena semana.

Julio López Díaz, 25 de febrero de 2015

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