1862

En 1862, después de escribir “Los Miserables”, Victor Hugo marchó de vacaciones. Deseoso de saber cómo iba la cosa, envió a su editor una carta preguntándole por el ritmo de las ventas del libro. La carta era muy corta, únicamente contenía un carácter: “?”. La respuesta del editor Hurst & Blackett, con no menos humor que Victor Hugo no fue más larga. La carta que el editor envió como respuesta tenía un único carácter: “!”.

Los mercados no piden mucho más. Un mero signo para saber cómo marchan las negociaciones. Semana agotadora de seguir los mercados, con los ojos puestos permanentemente en la línea de noticias del Bloomberg como única herramienta de trading. El mercado vuelve a dar por hecho la llegada de un pacto de último minuto que salve las cotizaciones. ¿Y a alguien le preocupa lo que se acuerde en ese pacto o las posibilidades de éxito de llevarlo a cabo? Pues la verdad es que no. De hecho nadie piensa que realmente existan medidas que pongan a este país permanentemente endeudado en el camino de la sostenibilidad fiscal. Lo único que preocupa es mandar un claro aviso a navegantes, para evitar futuras reclamaciones de países también sobre endeudados. Hemos perdido totalmente la capacidad de plantear un mínimo de propuestas que nos haga construir algo medianamente sensato más allá de la próxima sesión de trading. Lo que no se va a consentir en ningún caso es que salga ganador alguien que ponga en duda el pago de la deuda y haga alarde de medidas anti-austeridad. Al final el sentimiento que predomina es que la resistencia de Tsipras se ha quebrado y ha tenido que sobrepasar esas líneas rojas tan de slogan en campaña electoral. ¿Y esas medidas que tratan de resolver el déficit van a servir realmente para algo? Pues más que dudas lo que tengo es un NO rotundo. La idea de subir el IVA en una economía ya de por si depauperada no va a animar mucho a consumir, y la maravillosa idea de poner un impuesto temporal del 12% a las empresas que ganen más de 500.000 euros tampoco alcanzará los objetivos esperados. Y es que todas estas medidas, igual que muchas de las que plantean muchos regímenes populistas a lo largo y ancho del mundo caen antes de salir por la puerta. Todas ellas se basan en que la masa sobre la que vas a aplicar la mordida se va a quedar estática. Que nada se va a mover. Ya se imaginan que si se meten en la página web de alguna casa de apuestas, la cifra con más probabilidades de cumplimiento es 499.999 euros como beneficio de las empresas griegas para el presente ejercicio. Y además para cumplirse las cifras que esperan recaudar deberían o aparecer el doble de las empresas existentes, o que sorprendentemente y en un alarde digno del gran Tamariz, se multiplique por dos los beneficios de las empresas existentes. No es algo nuevo ni exclusivamente griego. Sólo hay que acudir a Francia y ver el alto número de empresas con nueve trabajadores por la “muralla” legal y de tasación que supone tener diez empleados. Medidas proteccionistas que consiguen el objetivo contrario. La duda que queda en el ambiente es si para haber hecho este viaje hacían falta estas alforjas y echar por tierra los sueños de mucha gente que no sé si ingenuamente pensaban que podían hacerse las cosas de otra forma. Desde febrero sólo se ha conseguido la total paralización del país, que volviera a haber déficit primario y que haya una corrida bancaria que ha dejado con telarañas a los bancos griegos.

Si miramos la historia tenemos cosas curiosas de cómo se arroja a unos gobernantes para volver a situarlos en el poder al poco tiempo, como si las pruebas novedosas tuvieran que durar lo justo, como el sueño de una noche de verano. Lo hemos tenido en España con los Borbones, se le quitó el absolutismo a Fernando VII para gritar al poco tiempo “Vivan las cadenas”. Se largó a Isabel II para poner nuevamente en el poder a su hijo Alfonso XII. Se largó a Alfonso XIII para que volviera su nieto. En Francia se pasó a Luis XVI por la guillotina y volvieron los Borbones tras Napoleón. En Inglaterra también se pasó por el Cadalso a Carlos I, y tras la corta Revolución Gloriosa de Cromwell, volvemos a tener en el trono a su hijo Carlos II. En Rusia de momento no hay un nuevo Romanov pero no descarto que algún biógrafo escudriñe los registros y encuentre  que Vladimir Putin sea hijo de la princesa Anastasia y cerremos el círculo. Siempre es una vuelta a lo malo conocido.

Pero bueno, después de este inciso, volvamos a algún tema económico. Ya lo hemos estudiado alguna vez sobre todo desde un punto de vista de semejanzas en los gráficos de los índices bursátiles que nos indicaran por donde podían ir los vientos de las cotizaciones, pero que se ha vuelto a insistir últimamente sobre todo a raíz de una publicación de Ray Dalio el todopoderoso jefe de Bridgewater. Nos referimos a la similitud entre lo vivido tras el crack de 1929 y la situación actual tras la de 2008. Recordemos que tras el pánico de 1929, los índices bursátiles subieron casi un 50% durante 1930 para caer nuevamente de forma abrupta y hacer el mínimo en 1932 (se dejó un 89% en total desde máximo a mínimo). Luego se emprendió una recuperación que hizo que subieran los índices un 300% desde los bajos hasta 1937 (muy similar en tiempo y porcentajes a lo vivido desde el 2009) y volvió a despeñarse en ese año un 50%. De hecho, tendríamos que esperar a que acabara la IIGM para que los índices recuperaran los niveles de 1937. Y el miedo que late es que se pudiera volver a repetir el patrón.

La FED, durante los años treinta también llevó a cero los tipos de interés y también su balance saltó del 5% al 20% del PIB para compensar la Gran Depresión. Y como ahora, también la economía empezó a levantarse poco a poco hasta que llegó el momento en que la FED no podía dejar para siempre esa política y tuvo que tensionar las condiciones monetarias. El miedo a esa salida de política es lo que campa ahora por los mercados y por ello los mensajes continuos a la FED de que no se precipite en subir los tipos de interés.  Y eso que la FED en vez de subir los tipos de interés lo que hizo fue subir los requerimientos de reservas de los bancos. Al final el efecto verdaderamente es el mismo, una contracción de la oferta monetaria. La diferencia es que en aquel momento la inflación estaba casi en el 5% y las deudas eran mucho menores. Lo curioso es que el mercado no reaccionó hasta el tercer tensionamiento, que es cuando se desataron todas las furias del infierno. El movimiento en los depósitos a tres meses supuso un movimiento muy leve, del 0.1% al 0.7%. Pero lo que cambió fue simplemente el sentimiento de la gente. Había vuelto a haber una sobreexposición al riesgo. Los múltiplos de las empresas se fueron a la estratosfera pensando que aunque la economía no terminaba de crecer de forma vigorosa, no estaríamos muy lejos de volver a los dorados años veinte. Lo que cambió es que en la mente de los operadores empezó a nacer algo que les decía en la orejita cuidado con el riesgo. La aversión al riesgo se puso de moda y pataplam… el futuro de pasar la noche con vino y rosas junto a Adriana Lima paso a ser una jam sesion con Betty de Palma. La historia no tiene porque repetirse…. O sí.

Recuerdo la definición que hacía Ambroise Bierce en su magnífico Diccionario del Diablo. Futuro: Período de tiempo en el que nos van bien las cosas, nuestros amigos son sinceros y nuestra felicidad está asegurada.

Buena semana.

Julio López Díaz, 25 de junio de 2015

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