Isfahan

Cuenta una vieja leyenda que un joven jardinero persa le dijo a su príncipe: “¡Sálvame! Encontré a la muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Tengo que huir de ella, oh príncipe, y te pido permiso para poder escapar hasta Isfahan”. El bondadoso príncipe le prestó sus caballos. Por la tarde, el príncipe encontró a la muerte y le preguntó: “¿Por qué hiciste un gesto esta mañana de amenaza a mi jardinero?” No fue un gesto de amenaza -le respondió-sino un gesto de extrañeza. Me sorprendió verle lejos de Isfahan esta mañana porque debo coger su alma allí esta noche”.

Uno, la verdad, ya no sabe qué pensar. Si la muerte es que Grecia se vaya del euro o que se quede. El euro reacciona al alza cuando los tambores de guerra suenan en el ágora ateniense y, cuando parece que se arreglan las cosas, cae. Como siempre tenemos que dar una explicación a los movimientos a posteriori de los mercados, sale mucho augur diciendo “es que el euro sin Grecia sería mucho más fuerte por eliminar de la cesta al país más débil”. Luego tampoco está claro quién es el verdadero perjudicado de la salida de Grecia, si los propios griegos con unos activos devaluados o los que no van a recuperar el dinero prestado. Recuerden la máxima de Keynes, si yo le debo un euro al banco el problema es mío. Si le debo un millón, entonces el problema es del banco. Así que las jornadas en los mercados financieros últimamente se asemejan bastante a un partido de tenis. En vez de correr la bola de un lado a otro del campo, aquí corren declaraciones cuya máxima pretensión es dar trabajo a la mayor cantidad posible de fisioterapeutas y de fabricantes de collarines. Los movimientos en cuestión de segundos son sumamente violentos, y las máquinas deben estar volviéndose locas a fuerza de ejecutar continuos stop loss en las posiciones. Toda la liquidez generada de forma masiva, desde luego no se ve en la profundidad de los mercados y los movimientos extremos están a la orden del día. Yo tengo mi propia teoría. Si recuerdan uno de los rumores que corrieron tras los atentados de las Torres Gemelas, es que el ataque había sido autofinanciado a través de la venta en descubierto de acciones de aerolíneas y aseguradoras. La verdad, no sé cuanto tendrá de verdad, pero desde luego, Varoufakis y compañía han podido financiar varias veces el déficit griego comprando y vendiendo futuros en el mercado. “Véndeme unos futuritos que voy a soltar que la Señora Merkel es un descendiente directo de Goebbels”. “Ciérramelos ahora que voy a negar lo anterior y comentar lo bien que le queda el nuevo peinado a Angela y que llegaremos pronto a un acuerdo”. Esto lo repiten un par de veces al día y en un par de semanas  solucionado el tema de las pensiones y el sueldo de los funcionarios, incluso con la calderilla pueden comprarse algún estado de la antigua RDA.

El principal problema de las uniones monetarias (y en esto sí creo que tiene razón el ministro de economía griego) es el hecho de que los flujos de comercio y de capital pueden permanecer sistemáticamente desequilibrados durante décadas, cuando no siglos. Es un tema no sólo de países. También lo podemos ver en las diferencias entre Comunidades Autónomas dentro de España. Pase lo que pase, algunas ciudades o regiones (Sttutgart, Londres, Madrid, Cataluña) siempre presentarán un superávit con sus operaciones comerciales con otras regiones (Alemania del Este, Yorkshire, Extremadura). Cuando cada una de esas entidades tenía su propia moneda, era el tipo de cambio lo que variaba gradualmente para absorber la tensión producida por los desequilibrios comerciales. Antes del euro, el persistente superávit alemán conllevaba una gradual devaluación de la peseta, la lira o el dracma respecto al marco alemán. De esta forma se mantenía el equilibrio. También es cierto que eran unas economías menos globales que las actuales y enseguida se podían sustituir productos extranjeros por fabricados por las industrias locales, y se mantenía empleo, y como tampoco eran economías con gran cantidad de ahorro, la depreciación de la moneda no afectaba tanto, ni la gente tenía un sentimiento de pérdida de capacidad adquisitiva. Sin embargo, una vez que estas regiones económicas quedan ligadas por la misma moneda se requiere algo más para liberar la tensión causada por los desequilibrados flujos comerciales y de capital, algún mecanismo para reciclar los excedentes de las regiones “ricas” hacia las regiones deficitarias. Para los griegos este reciclaje podría darse en forma de simples transferencias o en forma de inversiones productivas y rentables en las regiones deficitarias. En lugar de eso, esos excedentes se dieron en forma de préstamos. Esos préstamos se utilizaron no en inversión ni en producción sino en gasto corriente, y claro, lo único que se construye es una duna de deudas cada vez más grande y que son imposibles de devolver porque no hay vacas ni por tanto leche.

Según los keynesianistas, los desequilibrios comerciales llevan a que un problema en un país se repercuta a los demás. Una vez comenzada la crisis, los acreedores piensan que tienen demasiada deuda y, deseosos de reducir su exposición, dejan de gastar. Si la demanda es la suma de la privada y la pública, cuando un alto número de empresas tratan de reducir la deuda, la demanda total disminuye, las ventas caen, cierran los negocios, el desempleo aumenta y bajan los precios. Al caer los precios, los consumidores deciden esperar para consumir y se desencadena una espiral deuda-deflación. En los países deficitarios se juntan con déficits públicos y una importante acumulación de deuda pública. La recesión exprime los impuestos, aumenta el déficit y obliga al estado a pagar tipos de interés más altos. Se reduce el gasto público en medio de la recesión, que al unirse al ya sabido descenso de la demanda privada hace que se derrumbe la demanda interna y para paliarlo ha de recurrirse a la demanda externa (ganar competencia a costa de bajar salarios principalmente).Para paliar esto, Keynes abogaba por la existencia de una penalización a los excedentes comerciales; al reconocer que un excedente sistemático es el anverso de un déficit sistémico, la solución era el establecimiento de un tipo de interés al excedente que superase determinado porcentaje obligando a su moneda a revaluarse (cosa que no puede hacerse con el euro). Estas penalizaciones financiarían los préstamos a los países deficitarios.

Con lo cual acabamos en un problema político o filosófico. Pongamos un ejemplo. El caso del AVE para todas las regiones. Si miramos la inversión en función de la rentabilidad, obviamente nunca debería llegar, por ejemplo, a mi querida Galicia, porque el número de pasajeros no justifica la inversión. Y un amigo gallego me argumenta que entonces es la pescadilla que se mueve la cola. Si no dotas de infraestructuras mínimas tampoco lograrás que se asienten nuevas empresas que son las que pueden hacer rentable en un futuro esa inversión. Y yo pido el comodín del público porque no tengo la respuesta. Y como la inversión privada extranjera sólo quiere oír hablar de Madrid o Barcelona, han sido los gobiernos regionales las únicas formulas de inversión en otros lugares con resultados bastantes mediocres. ¿En un pueblo como Barbate, con un 50% de paro, la solución es que sus vecinos tendrían que ir a buscar el trabajo donde esté, o dotarlo de inversiones públicas financiadas por las “zonas ricas” del resto de España para evitar su marcha? ¿Se debe concentrar toda la población española en pocos lugares y abandonar el resto, o seguir con la tendencia actual de café para todos, y yo no soy menos que nadie? Al final, como decía el filósofo, cada elección tiene su anverso, es decir, una renuncia, por lo que no hay diferencia entre el acto de elegir y el acto de renunciar”.

Buena semana.

Julio López Díaz, 02 de julio de 2015

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