La Revolución Francesa

El otro día leí un artículo económico que tomaba como referencia un libro de Andrew D. White escrito en 1896 titulado “Fiat Money inflation in France” y que recogía una situación similar a la actual, vivida en los inicios de la Revolución Francesa y que contribuyó a la llegada de Robespierre y el período del Terror. A lo mejor, las consecuencias no siguen a las causas y aquellas fueron una casualidad y no una causalidad, pero me ha llamado extraordinariamente la atención y aquí lo plasmo. No voy a hacer ningún paréntesis expresando mi opinión, sino que me limito a transcribir pasajes del libro. Sí hace algún comentario a la historia de John Law y la Compañía de Louisiana, que ya sacamos a relucir en una epístola antigua.

Durante el siglo XVIII Francia acumuló significativas deudas bajo los reinados de Luis XV y Luis XVI. La combinación de guerras, el apoyo a la independencia americana y el gasto fastuoso del gobierno fueron los conductores de este déficit. A lo largo del siglo se buscaron muchas soluciones, pero ninguna funcionó. En algunas ocasiones, algunos políticos que abogaban por austeridad fiscal tuvieron que dimitir, porque esas políticas no eran populares y el Rey no quería dar motivos para una revolución. Por ejemplo, en 1776 el ministro de Finanzas Necker creyó que era mejor pedir prestado fuera, que subir impuestos, como su predecesor argumentaba. Necker fue destituido siete años más tarde cuando se descubrió que Francia debía grandes préstamos, tenía un déficit incontrolado y no había forma de pagarlo. A finales de la década de 1780, la gravedad del déficit fiscal francés era inabordable. Se introdujeron algunas medidas de rebaja de gastos y de incremento de impuestos, pero el déficit no decrecía. El problema, sin embargo, era que los ciudadanos estaban cansados de una economía estancada resultante de estas políticas de apretar el cinturón. La medicina de la austeridad trabajaba, pero los líderes no tenían la paciencia para dejar que la economía siguiera sin movimiento aparente. En 1789, se planteó la necesidad de emitir dinero para reavivar la economía. La idea ganó pronta popularidad. La proposición final fue confiscar los terrenos de la Iglesia, que representaban más de un 25% de los terrenos de Francia, y que sirvieran como garantía a la emisión de papel moneda. Así nacieron los Assignats. Ya en 1720 la burbuja de John Law había sido causada por una sobre emisión de billetes. Los defensores de esta medida creían que la cantidad de dinero impresa, podía ser controlada y retirada en cualquier momento si fuera necesario. Se argumentaba que el dinero nuevo serviría de acicate a la gente para gastar y la actividad económica crecería. Otro argumento que se hizo popular era que Francia se beneficiaría de las tierras confiscadas y que lo que recibiera por ellas ayudaría a pagar las deudas, lo que reforzaría el patriotismo francés. El debate lo ganaron los partidarios del printing money.

 

El decreto se aprobó en abril de 1790 por un total de 400 millones de Assignats garantizados por las tierras confiscadas a la iglesia. Una vez realizada la emisión, la economía rebotó casi inmediatamente, se pagó parte de la deuda nacional y la confianza y el comercio se expandieron. El verano de 1790 se comprobó que fue un periodo de boom para Francia.

Los buenos tiempos duraron poco. En octubre la actividad económica volvió a caer y surgieron nuevos llamamientos para imprimir más dinero. El argumento más manejado de los solicitantes era que los 400 millones de Assignats originales no eran suficientes. Mientras estos favorecedores de la impresión de dinero conocían los peligros de sus acciones, sin embargo las despreciaban al mismo tiempo. Si un poco de medicina parecía funcionar, ¿por qué no subir la dosis? Incluso la cantidad que se manejó era de 2.400 millones, coincidente con la deuda total de Francia. Hubo gente que se opuso, como Necker o Du Pont de Nemours, que declararon que “doblar la oferta monetaria simplemente incrementaría los precios, distorsionaría el valor de las cosas, alarmaría al capital, disminuiría la legítima empresa y decrecería la demanda tanto para productos como de trabajo. Los únicas personas que se verían favorecidas serían los ricos con grandes deudas por pagar”.

Los argumentos de Necker y Du Pont cayeron en oídos sordos. Los defensores de la impresión rebatían diciendo “es el único medio para garantizar la felicidad, la gloria y la libertad para la nación francesa”. Llevaron el debate un paso más adelante, teorizando que el oro y la plata serían indeseables, cuando el Assignat sería la única moneda que demandaría la gente. El 29 de septiembre de 1790 se autorizó una nueva emisión de 800 millones de Assignats. La ley decretó que cuando esos Assignats fueran devueltos al gobierno a cambio de las tierras, deberían ser quemados. Esta medida añadida fue pensada para asegurar que el nuevo dinero creado no fuera inflacionista. Obviamente el dinero devuelto al Gobierno por el pago de las tierras no fue quemado, sino que volvió a circular “bajo la fuerza de la necesidad”. A esta nueva emisión siguió otro ciclo de buena actividad económica, que otra vez duró poco, creciendo las presiones para realizar nuevas emisiones. Se lanzó una nueva emisión de 600 millones, con la solemne promesa de mantener baja la cantidad en circulación”. Las consecuencias fueron las mismas. Cada nueva impresión iba seguida por una depreciación de la moneda y precios más altos. La gente veía que su papel moneda perdía valor y empezaron a estar más interesados en preservar su capital. Las monedas tenían una oferta limitada, mientras que el papel se estaba creando cada vez con más frecuencia. En sus mentes, las monedas de plata y oro ofrecían la estabilidad que el papel moneda estaba perdiendo rápidamente. A pesar de las emisiones, la actividad comercial crecía cada vez más de forma espasmódica. No existía el emprendimiento y las empresas se estancaban. El problema era que la actividad estaba exclusivamente basada en el nuevo dinero. Esto provocaba que todo negocio durara poco y los beneficios se erosionaban rápidamente. Los negocios se encontraban esposados. Veían que se hacía difícil tomar cualquier decisión por el miedo a una caída continuada de la divisa. Los precios siguieron subiendo. La especulación y el acaparamiento se convirtieron en los principales conductores de la economía. “El comercio estaba muerto, y el apostar ocupó su lugar”. Con precios más altos, los empleados eran despedidos y los comerciantes luchaban para cubrir sus costes crecientes.

Los únicos beneficiarios fueron los exportadores y los brokers. La rápida caída de valor de la divisa atrajo pedidos de otros países, que veían ahora los productos franceses más baratos. Obviamente los importadores fueron echados del mercado por los mayores precios de las importaciones. Con el incremento de la oferta monetaria y la incertidumbre económica, los motivos habituales para ahorrar disminuyeron. La especulación se incrementó significativamente. Mientras algunos grandes inversores en acciones explotaban para su beneficio estas condiciones, el hombre ordinario era ninguneado. La inflación, la debilidad de la divisa y la falta de trabajo dañaban a la gran mayoría de los franceses. Las condiciones económicas hicieron aumentar los crímenes y la corrupción de los cargos públicos. A pesar de estas condiciones, en julio de 1792 se realizó una nueva emisión de 600 millones de Assignats. El total impreso ascendía ya a 3.500 millones de Assignats. Las emisiones continuarían a lo largo de 1792 y 1793. Las consecuencias de estas emisiones empezaron a ser más dolorosas para la mayoría de la gente. A lo largo de 1792 y 1793 las manifestaciones demandando necesidades básicas crecieron. Estas manifestaciones pacíficas fueron haciéndose poco a poco más violentas y el asalto a tiendas se convirtió en la noticia de todos los días. En 1792 se proclamó la república y el rey Luis XVI fue mandado a la guillotina.

Conclusiones. Aunque pueda ver detalles diferentes, me ha llamado la atención la gran similitud en lo vivido en esa época con lo que está sucediendo en nuestros días. Las promesas, y últimamente las excusas, usadas por los sospechosos habituales no han cambiado mucho. No hay nada nuevo en la impresión de dinero, hemos cambiado las calesas por los helicópteros, pero el principio es el mismo. Que algo cambie para que siga todo igual. Cada acción tiene su reacción opuesta, lo único que cambia es el tiempo que tarda. Obviamente hay una cosa que ha cambiado, que es la globalización, de la que hemos vivido su parte más cándida y maravillosa que ha sido la de poder adquirir productos más baratos. Su fase de reacción la estamos viviendo con un mercado laboral más competitivo y que expulsa a muchos trabajadores, sobre todo los menos formados. El tema de la subida de precios que suelen acompañar históricamente a estas medidas de momento no aparece. Los avances tecnológicos y la demografía mitigan bastante sus efectos, pero puede ser que estemos en una fase de adaptación, motivada por el exceso de capacidad productiva instalada en la última década. Veremos si hay una depuración de muchos participantes que no puedan hacer frente a sus costes o por el contrario entraremos en un proceso de empresas zombi como en Japón.

Lo único que tenemos que tener claro es que no existen las opciones gratuitas, y que la impresión de dinero tendrá sus costes. Los datos de desempleo malos de la semana pasada en USA han vuelto a ser interpretados como “lo malo es bueno” y que el ratón vuelve a la jaula a correr por los rodillos. ¿Hasta cuándo? Quién lo sabe…

Como decía Victor Hugo, “a veces lo que se pide al cielo, lo concede el infierno”.

Buena semana

Julio López Díaz, 06 de octubre de 2015

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