Abundancia

En uno de los últimos volúmenes, Tierra, libro XXXV, Plinio cuenta la historia de un orfebre que llevó un plato poco corriente a la corte del emperador Tiberio. El plato era espectacular, hecho de un metal nuevo, muy ligero, brillante, casi tanto como la plata. El orfebre dijo que lo había extraído a partir de simple arcilla, utilizando una técnica secreta, cuya fórmula sólo conocían él y los dioses. Sin embargo, Tiberio se sintió preocupado. El emperador tenía acumulada una gran cantidad de oro y plata. También era un experto financiero que sabía que el valor de su tesoro menguaría de manera importante si, de pronto, la gente tenía acceso a un nuevo metal brillante menos común que el oro. Así pues, cuenta Plinio, en lugar de dar al orfebre la consideración esperable, ordenó decapitarlo.

Este nuevo metal era el aluminio y esta decapitación marcó su pérdida para el mundo durante casi dos milenios. Reapareció a principios del siglo XIX, pero seguía siendo suficientemente raro como para ser considerado el metal más valioso del mundo. El aluminio no se presenta en la naturaleza de forma aislada, sino formando parte de otros minerales como la bauxita, y todavía no se había descubierto el proceso de electrolisis. El propio Napoleón III dio un banquete en honor del rey de Siam, en el que a los invitados de honor se les regalaron utensilios de aluminio, mientras que el resto tuvo que conformarse con oro.

Con esta historia comienza uno de los libros que he podido leer durante el verano y que son absolutamente apasionantes, pero radicalmente distintos. El primero, “El desmoronamiento, treinta años de declive americano” de George Packer, que obviamente me compré yo mismo. El segundo, de donde tomo la cita,  “Abundancia” de Peter Diamandis y Steven Kotler, que me regaló para chafarme mis argumentos mi amigo e irreductible optimista, Pablo Alonso.

El primero es un libro crudo que presenta la situación vivida en Estados Unidos a través de las vidas de personajes reales. Nos habla de emprendedores que se estrellan, de personas atrapadas en la crisis inmobiliaria, de regiones devastadas por la desindustrialización, de políticos corruptos (no me extraña que Joe Biden no se presente como candidato, con la semblanza que le dibujan) y  la sacralización del Dios Dinero con los manejos de Wall Street.

 El segundo es la luz de ese reverso tenebroso, una pildorita contra el pesimismo actual. Nos presenta un mundo lleno de posibilidades con las que satisfacer las necesidades básicas de cada ser humano del planeta, presentando la abundancia al alcance de todos. Los progresos en inteligencia artificial, robótica, nano-materiales, biología sintética y el acceso más sencillo a fuentes de energía alternativas y educación, van a ser las fuerzas que resolverán todos nuestros problemas.

Para no darles las matraca con mi natural pesimismo, y sin que sirva de precedente, les presento algunas ideas sueltas y deslavazadas que he subrayado del libro. En cualquier caso, es una forma de ver más allá del árbol gigantesco de los Bancos Centrales, y nos sirve para intentar luchar contra el sesgo de confirmación, ya saben, el leer y escuchar sólo aquello que verifique nuestras propias opiniones, y que en muchos casos limita nuestra capacidad de asimilar nuevos datos y de cambiar viejas opiniones. Y viene bien salir de este mundo de realidad virtual que representan los mercados financieros. Escuchaba el otro día al educador Javier Gomá, diciendo que si usted fuera mujer, pobre, niño, homosexual o de una minoría religiosa, no elegiría ningún otro periodo de la historia para haber nacido. A pesar de guerras, epidemias y otras catástrofes, se ha logrado en el último siglo una caída de la mortalidad infantil del 90%, de la mortalidad materna del 99% y un aumento de la esperanza de vida del 100%. Incluso a pesar de nuestras quejas sobre la situación económica, un occidental pobre tiene acceso al teléfono, al televisor o al inodoro, cosas que ni podían imaginarse los más ricos al comienzo del siglo XX.

Es cierto que actualmente la humanidad utiliza un 30% más de los recursos naturales del planeta de los que podemos reemplazar, que si todos en el planeta quisieran vivir según el estilo de vida de un europeo medio, necesitaríamos los recursos de tres planetas para conseguirlo y que si todos en este planeta quisieran vivir como un norteamericano medio, entonces necesitaríamos cinco planetas para conseguirlo. Pero el libro nos presenta ocasiones en la historia en las que podíamos encontrarnos con semejantes inquietudes y se han superado (Malthus). A finales del siglo XIX, Londres se estaba volviendo invivible por la acumulación de estiércol de caballo en las calles. A la gente le entró un pánico total. Debido al anclaje en una sola idea, no se podían imaginar ninguna otra posibilidad. Nadie sabía que iban a llegar los coches y que pronto se iban a preocupar de los cielos contaminados y no de las calles sucias. Los seres humanos están concebidos para ser optimistas locales y pesimistas globales.

En situación de peligro, la amígdala lleva la información a nuestros músculos, saltándose el córtex prefrontal. Esta es la razón por la que das un salto atrás cuando ves una forma alargada en el suelo, antes de que tengas tiempo de deducir si es una serpiente o un palo. Pero dada la diferencia en las velocidades de procesamiento neuronal, cuando nuestros primitivos instintos de supervivencia se ponen en marcha, nuestros instintos pro-sociales se quedan al margen. La compasión, la empatía, el altruismo, dejan de ser factores que cuenten. Estos son los sentimientos que se elevan cuando nos enfrentamos a una crisis como la que hemos tenido en los últimos años. Durante los últimos ciento cincuenta mil años, el Homo Sapiens evolucionó en un mundo que era local y lineal, pero hoy en día es global y exponencial. En el entorno de nuestros antecesores, la mayor parte de las cosas que les pasaban ocurrían a una distancia a pie de un día. Una semana del New York Times contiene más información que la media de la  que se encontraba un ciudadano del siglo XVII en toda su vida. Desde los mismos orígenes del tiempo hasta el año 2003, dice el director ejecutivo de Google, Eric Schmidt, la humanidad creó cinco exabits de información digital. Un exabit es mil millones de gigabits. En 2010, nuestra especie está generando cinco exabits de información cada dos días y ahora puede estar en cinco exabits cada diez minutos. Y ese acceso es global y al alcance de todos.

La humanidad consume ahora mismo en torno a 16 teravatios anualmente. Hay 5.000 veces más energía solar cayendo en la superficie del planeta de la que utilizamos. No es cuestión de escasez, sino de accesibilidad. Hay suficiente energía solar en un kilómetro cuadrado de desierto africano para producir el equivalente de 1.5 millones de barriles de petróleo o 300.000 toneladas de carbón. El Centro Aeroespacial Alemán calcula que la energía solar de los desiertos del Norte de África es suficiente para suministrar 40 veces la demanda actual de electricidad mundial.

En el campo de la alimentación, hace una apuesta clara por la investigación, incluso en temas tan controvertidos como la alteración genética. De hecho argumenta que muchas cosas de las que comemos ahora son alteraciones. Las zanahorias son de color rojizo gracias a la selección de una mutación descubierta en una fecha tardía del siglo XVI en Holanda. Los plátanos son estériles e incapaces de tener semillas sin intervención humana.

Nuestro actual sistema educativo se forjó en el calor de la revolución industrial, un hecho que no sólo influyo en los temas que se enseñan, sino en cómo se enseñan. La estandarización ha sido la norma, la conformidad el resultado deseado. A los estudiantes de la misma edad se les ofrecen los mismos textos y son examinados según las mismas escalas de rendimientos. Los colegios se organizan como fábricas. La jornada se divide en periodos iguales, los timbres señalan el principio y el fin de cada periodo. Incluso la docencia ha sido objeto de la división del trabajo. Como en una cadena de montaje, los estudiantes se desplazan de habitación en habitación para que les enseñen diferentes profesores, especializados en disciplinas separadas. Los colegios actuales están matando la creatividad e inhibiendo el talento. El modelo educativo industrializado, con su insistencia en la memorización de datos, ya no es necesario. Los datos es lo que Google hace mejor. Pero la creatividad, la colaboración, el pensamiento crítico y la resolución de problemas, todo eso es otra historia. Todo el mundo, desde los ejecutivos hasta los expertos en comunicación, ha puesto el énfasis repetidamente en estas habilidades como las fundamentales que exigen los trabajos actuales. Si queremos realmente preparar a nuestros hijos para el futuro, el aprendizaje tiene que convertirse en adictivo y ser presentado casi como un videojuego.

Cuando se trata de toma de riesgos, el mundo se divide en dos formas de pensar: la gente del tipo 1 tiene miedo de cometer errores. Para ellos el fracaso es vergonzoso y desastroso. El resultado es que tienen aversión al riesgo y cualquier progreso que hacen es, en el mejor de los casos, incremental. Por otra parte, las personas del tipo 2 tienen miedo de perderse oportunidades. Lo que les da vergüenza a estas personas, es estar sentados en las bandas mientras alguien consigue tener una gran idea. El fracaso no está mal, incluso puede ser apasionante.

En definitiva, que la mayor herramienta que se tiene para abordar todos los retos globales es la mente humana. La revolución en marcha de la información y las comunicaciones se está extendiendo por todo el planeta. La conexión online de más de 4.000 millones de habitantes producirá nuevos descubrimientos, productos e inventos de los que nos beneficiaremos todos.

Y todos estos avances, sin o a pesar de, los Bancos Centrales.

Buena semana,

 

Julio López Díaz, 05 de noviembre de 2015

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