La caída del imperio romano

“El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” George Santayana.

Revisando este fin de semana apuntes de libros leídos, me encontré con unos subrayados en mis fichas sobre Roma, que releyéndolos me parecieron sorprendentemente vigentes. Son citas recogidas de La caída del Imperio Romano de Gibbon y la Historia de la Edad Media de Indro Montanelli. Recalcan una serie de circunstancias comunes, que desgraciadamente nos podemos encontrar actualmente. Hablan de demografía, de movimientos migratorios, de burocracia,  de corrupción, de Quantitative Easing e incluso de las Autonomías. Los mismos titulares que cualquier telediario. Cuando leo la historia siglos más tarde, siempre me queda la duda ¿Cómo vivía la gente de entonces todos esos acontecimientos? ¿Verdaderamente se percataron del fin de Roma el 476, como reflejan las efemérides? ¿O lo vieron como sucesos poco sorprendentes y propios de su día a día?

Por ordenar y poder establecer similitudes. El sistema fiscal romano básicamente se sostenía en las conquistas militares. Estas conquistas obtenían las dos fuentes de valor más importante de la época, esclavos y oro. Todo el gasto tenía esas fuentes de financiación. Cuando el territorio del imperio se hizo demasiado grande, los romanos empezaron a seguir las tácticas de Benítez, y le dieron más importancia a la defensa que al ataque, se encontraron con la necesidad de afrontar déficits fiscales crecientes. En ese momento, el tatarabuelo de Fräulein Merkel poco tenía que decir sobre las cifras, y la troika no estaba inventada.  Aguantaron aún así casi medio siglo más, hasta que cambiaron la política de Benítez por la de las “rotaciones”, que en este caso, en lugar de delanteros, eran de emperadores. Entonces era claramente una profesión de riesgo sin cobertura de la seguridad social. En el medio siglo transcurrido desde la muerte del último Severo, Alejandro, hasta la victoria de Diocleciano sobre Carino, hubo más de 60 hombres que trataron de hacerse con el poder imperial. De los emperadores se esperaba que gastaran con generosidad. Uno de los primeros actos de cualquier gobernante era prometer un regalo monetario al ejército. Aun en circunstancias normales, mantener el ejército era el mayor gasto del presupuesto imperial. Severo elevó la paga del ejército por primera vez en más de un siglo y Caracalla lo volvió a subir sólo unos años más tarde. Macrino tuvo serias dificultades para hacer frente a ese coste y su torpe gestión dio lugar a su rápida caída. La mayoría de los métodos empleados para obtener ingresos adicionales, una vez alejados de la conquista de nuevos territorios, se convirtió en un peligro para todos los gobernantes, especialmente para aquellos que acababan de llegar al poder. No obstante, la necesidad de gastar siempre existía, sobre todo por el incremento de los burócratas imperiales. Había muchas cosas que se esperaba que pagara el emperador: en la propia Roma, la distribución de alimento gratuito y subvencionado, los entretenimientos públicos, así como el mantenimiento de los edificios públicos y la construcción de los nuevos. Se esperaba que los emperadores fueran generosos con las comunidades y con los individuos. Si eran percibidos como hombres tacaños y codiciosos, estaban invitando a que surgieran aspirantes al trono que estuvieran dispuestos a ser más generosos. Los problemas económicos aparecen una y otra vez en los documentos del siglo III. Los emperadores controlaban la acuñación de monedas de oro y plata, por lo que estaban sometidos a la constante tentación de acrecentar sus recursos devaluando la moneda. El cambio más importante se produjo en las monedas de plata. En tiempos de Trajano, un denario de plata contenía un poco más del 90 por ciento de plata. Bajo el gobierno de Marco Aurelio, el porcentaje de plata frente al de los metales cayó por debajo del 75% en un momento en que la guerra y la peste hacían estragos en el imperio. Septimio  Severo aumentó la paga del ejército e hizo disminuir el contenido de plata al 50 por ciento. Cuando Aureliano, llegó a verse reducido al 4 por ciento. A finales de ese mismo siglo, la cantidad de plata bajó hasta el 0.5%. El oro se reservaba para pagar a las tropas mercenarias bárbaras, que a fin de cuentas son las que ponían y quitaban emperadores. El gasto en personal del Estado era muy superior a sus ingresos, que habían bajado considerablemente por la falta de nuevas conquistas desde Adriano. A principios del siglo IV se promulgó el Edicto de Precios Máximos para evitar la inflación y se fijó un nuevo cambio denario-oro. En tres décadas  el cambio se multiplicó por 40. Lo de resolver los problemas dándole a la maquinita, como pueden ver, existe desde hace mucho tiempo, lo único, que lo hacían herreros en lugar de fabricantes de impresoras o de helicópteros.

Los prohombres de la patria que quedaban, consideraron circunstancias que ahora vemos meridianamente claras como algo ordinario. La indiferencia por todo era la norma. Entre los epígonos de la que había sido la más orgullosa aristocracia del mundo, no se halló uno solo dispuesto a pronunciar un epitafio. Salviano, en su libro El gobierno de Dios no ve más que opresión, corrupción e inmoralidad, a diferencia de lo que ocurre en las sociedades bárbaras, toscas, pero cimentadas en el espíritu de sacrificio, en el sentimiento de solidaridad, de fraternidad y en la ley del honor. “Roma muere y ríe”. Roma tenía por entonces doscientos mil habitantes, cuando había llegado a tener por encima del millón. Los romanos de raza debían de ser unos centenares. Era una metrópoli que se había acostumbrado a vivir de forma parasitaria de las provincias. Sus únicos negocios eran la política y el saqueo. El saqueo había llenado sus arcas, pero todo eso había acabado hace tiempo, desde que Constantinopla había bloqueado los mercados orientales y los bárbaros los occidentales. A los males de la decadencia demográfica, debían añadirse los del declinar de la clase media. La política tributaria era tan corrupta y prevaricadora que por primera vez en el siglo III se vio a ciudadanos romanos huir más allá del telón de acero del limes y refugiarse en territorio bárbaro. El emperador Valentiniano I se sintió tan impresionado por ese éxodo que creó una nueva profesión: la de los defensores de la ciudad, a quienes se confiaba las reclamaciones contra el fisco. Pero ningún remedio legal es válido cuando se han corrompido las costumbres. Quienes vivían de los impuestos eran más numerosos que quienes debían pagarlos, y ello era la consecuencia de dos fenómenos igualmente deletéreos, por una parte la proliferación de la burocracia; por otra la debilidad cada vez mayor de los contribuyentes. Estos, incapaces de hacer frente al fisco, vendían sus tierras o sus pequeñas granjas a los latifundistas, procurando que estos les contrataran en calidad de colonos, es decir, casi como los siervos de la gleba. Fue el verdadero comienzo de la Edad Media. El desorden iba aumentando y los campesinos buscaban protectores. Comenzó el feudalismo. La población, antes atraída por la comodidad y la belleza, ya que de su protección se encargaba el Estado, busca también la seguridad. Comienza la construcción de las ciudades amuralladas y la independencia de los señores provinciales respecto a Roma. Los señoritos de cada ciudad  vieron que era mejor para ellos no salir de sus murallas y despreocuparse del bien común general. Decayeron el comercio y las obras civiles de mantenimiento de calzadas, construcción de acueductos y demás. En Roma había una distribución poco equitativa del dinero que llegaba. Había un gasto millonario en espectáculos de circo, mientras que un amplio proletariado sobrevivía sólo gracias a subsidios, limosnas y pequeños recursos, aprovechando cualquier desorden para dedicarse al saqueo de bancos y comercios. Todas las decadencias, siempre y en todo lugar, han sido señaladas por los mismos fenómenos: las acrecentadas distancias sociales entre un número cada vez más reducido de privilegiados y una masa cada vez mayor de abandonados, el debilitamiento de todo vínculo de solidaridad y la total indiferencia de todos los intereses de la comunidad.

A pesar de toda esta decadencia, los pueblos que rodeaban las fronteras todavía tenían menos, y estaban dispuestos a todo para entrar dentro.

No me digan que no hay similitudes…

Buena semana

Julio López Díaz, 03 de febrero de 2016

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