Pinay

El primer ministro francés, Pinay, había realizado un curioso experimento económico con unos quesos. Pidió en una quesería que partieran un camembert en dos mitades exactamente iguales, y que las pusieran en el escaparate con dos precios distintos, es decir una mitad más cara que la otra mitad. Se repitió varias veces el experimento y siempre se vendió primero la mitad más cara, y Pinay decía “¿Cómo se puede gobernar un país con este sentido curioso de la economía?

Eso, en los mercados, es lo que se conoce como “behavioral finance”. Todo aquello que rodea a los mercados y no tiene que ver con números y valoraciones, y que tanto nos gusta a los incrédulos de las finanzas, y a los maestros del mus. A diferencia del calendario religioso, en el que a la cuaresma y el tiempo de ayuno precede el carnaval, los mercados lo interpretan de otra forma, y a la pasión de la semana pasada, le ha seguido la orgía de lupanar de ésta. La semana pasada el mundo se iba a la deriva y ésta, se han solucionado todos nuestros problemas económicos. Para Soros, según su teoría favorita, la de la reflexividad, los mercados financieros no pueden considerarse perfectamente eficientes, dado que las cotizaciones son un reflejo de la ignorancia y las tendencias, a menudo irracionales, de millones de inversores. No sólo los partícipes en el mercado operan de forma tendenciosa, sino que sus tendencias pueden influir en el curso de los acontecimientos. Ello puede crear la impresión de que los mercados prevén acertadamente los acontecimientos futuros, pero de hecho no son las expectativas actuales las que se corresponden con los acontecimientos futuros, sino los acontecimientos futuros los que se configuran en función de las expectativas actuales. Los mercados jamás alcanzan el equilibrio postulado por la teoría económica. Existe una conexión reflexiva biunívoca entre percepción y realidad que puede dar lugar a procesos de auge y caída, o burbujas, que inicialmente se refuerzan a sí mismos, pero que a la larga se vuelven autodestructivos. Toda burbuja consiste en una tendencia y un concepto erróneo, que interactúan de forma reflexiva. Lo que guió el año pasado fue la creencia de que, dados unos tipos de interés tan bajos, lo “único” que se podía hacer era comprar acciones, ya que permitían valoraciones mucho más altas. A ese error, se unió la venta de este tipo de productos a gente que estaba acostumbrada a tener depósitos bancarios. Pues bien, la semana pasada presenciamos un cierre obligado de muchas posiciones cuando los mercados visitaron los niveles de hace tres años en las bolsas europeas. Recordando a la película de Jeremy Irons y Kevin Spacey de hace unos años, es lo que llamamos margin calls. Son posiciones apalancadas con la garantía de las propias acciones con cierto margen de seguridad para el prestamista. Te presto un dinero, hasta que las acciones llegan a cierto nivel, donde si quieres mantener las acciones me tienes que poner nuevas garantías y, en caso de no hacerlo, vendo las acciones directamente al mercado para garantizarme el importe prestado. Las acciones se venden mucho más “baratas” que como se compraron. Es una de las que llamamos características internas de los mercados. Es cuando te preguntas, pero ¿quién coño está vendiendo a estos precios en las caídas?, o ¿quién coño compra  a estos precios en las subidas? Gente obligada.

Ya saben que las noticias están siempre ahí, lo único que cambia es verlas en primera página o junto a los anuncios por palabras. Luego, el efecto sorprendente para alguien que observe desde fuera de los mercados de la compra de una acción, como si se fueran a acabar, un 20% por encima de donde las vendían hace apenas cinco días, corresponde a la psiquis humana.

Una de las razones de la inestabilidad inherente al sistema financiero es el comportamiento humano. Todas las instituciones financieras están a merced de nuestra inclinación innata a oscilar entre la euforia y el desaliento; de nuestra recurrente incapacidad de protegernos frente a los riesgos de cola; de nuestro perenne fracaso a la hora de aprender de la historia. En un célebre artículo de Kahneman y Tversky, demostraron con una serie de experimentos la tendencia de la gente a calcular mal las probabilidades cuando se enfrenta a sencillas operaciones financieras. Entregaron 1.000 libras a cada uno de los miembros del grupo. Luego, los invitaron a elegir entre: a) una probabilidad del 50% de ganar otras 1.000 libras o b) una probabilidad del 100% de ganar 500 libras. Solo el 16% de los participantes eligió la opción a, todos los demás eligieron la b. Luego, pidieron a los miembros del mismo grupo que se imaginaran que habían recibido 2.000 libras cada uno y les plantearon un nuevo dilema. c) un 50% de probabilidades de perder 1.000 libras, o d) un 100% de probabilidades de perder 500 libras. Esta vez el 69% eligió la opción c. Desde la perspectiva del resultado, los dos problemas son idénticos. Se identifica una llamativa asimetría: aversión al riesgo ante las perspectivas positivas, pero asunción de éste ante las negativas. Una pérdida tiene alrededor de dos veces y media el impacto de una ganancia de la misma magnitud. Este es uno de los principales sesgos con el que tienen que luchar los operadores e inversores; el dejar correr las pérdidas en vez de ejecutar un stop loss en el que podamos decir hasta aquí hemos llegado, “chato, con lo fácil que hubiera sido tomar la posición contraria”.

En definitiva, que el mercado está para valientes. Recuerdo aquella famosa frase de Quevedo,  cuando unos estudiantes le invitaron a probar una sopa bastante aguada. “Valiente caldo éste, no tiene nada de gallina”.

Buena semana.

Julio López Díaz, 18 de febrero de 2016

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