La confederación

Hoy he decidido no aburrirles con mis neuras sobre los mercados, y prefiero referirme a un episodio histórico que nos puede servir de advertencia para el futuro. Ya saben que los pueblos que no aprenden de su historia están condenados a repetirla. Habla de deuda (lo siento, no puedo remediarlo) de commodities (aunque no sea el petróleo) y por supuesto de manipulación de los precios en el mercado.

El episodio ocurrió durante la Guerra de Secesión americana y lo resumo del libro “El Triunfo del dinero” de Niall Ferguson. Las finanzas de la Confederación representan una de las grandes decepciones de toda la historia estadounidense. Y ello porque, en última instancia, fue tanto la falta de dinero contante y sonante, como la falta de capacidad industrial o de recursos humanos lo que vino a mermar lo que en términos militares fue un impresionante esfuerzo por parte de los estados del Sur. En los comienzos de la guerra, y en ausencia de un sistema preexistente de tributación centralizada, el naciente Departamento del Tesoro confederado había pagado a su ejército vendiendo bonos a sus propios ciudadanos, en forma de grandes empréstitos de 15 y 100 millones de dólares respectivamente. Pero en el Sur, con sus numerosas granjas autosuficientes, había una cantidad limitada de capital líquido disponible. Intentaron contactar con Rotschild, pero el barón se negó, con la percepción de que la Confederación representaba un riesgo muy grande desde el punto de vista crediticio, al fin y al cabo el presidente confederado Jefferson Davis había defendido abiertamente el repudio de las deudas del país cuando era senador. Para subsanar estos riesgos, los confederados tenían el as en la manga del algodón, la clave de la economía sureña y su principal producto de exportación. La idea era usar el algodón no sólo como fuente de ingreso de la exportación, sino como garantía de una nueva clase de bonos. A pesar de los reveses militares del Sur, los bonos conservaron su valor durante la mayor parte de la guerra por la sencilla razón de que el precio del activo subyacente no dejó de subir durante el conflicto como consecuencia de la creciente demanda. En 1860, Liverpool constituía la principal arteria para el suministro de algodón importado a la industria textil británica. Más del 80%  de las importaciones provenían de USA. A fin de aumentar la presión, los confederados decidieron imponer un embargo sobre todas las exportaciones de algodón a Liverpool. Los efectos fueron devastadores. Los precios del algodón se dispararon, pasando de 6 a 27 peniques por libra de peso, al tiempo que las importaciones caían de los 2.6 millones de balas en 1860 a 72.000 en 1862. Sin el algodón, los trabajadores de las fábricas no tenían nada que hacer. A finales de 1862, la mitad de los trabajadores habían sido despedidos y alrededor de la cuarta parte de toda la población de Lancashire dependía de las ayudas para pobres. El embargo no solo creó desempleo, hambre y revueltas en el norte de Inglaterra, sino que la escasez de algodón hizo subir  el precio de éste y por ende, el valor de los bonos sudistas, convirtiéndolos en una inversión atractiva. Y sin embargo, la capacidad del Sur para manipular el mercado de bonos dependía de una condición primordial: que los inversores pudieran tomar físicamente posesión del algodón que respaldaba los bonos en el caso de que el Sur incumpliera el pago de intereses. Por eso la caída de Nueva Orleans en abril de 1862 representó el verdadero punto de inflexión en la guerra de secesión. Con el principal puerto del Sur en manos de la Unión, tendría que romperse el bloqueo naval a la ida y a la vuelta, cosa complicada. Si el Sur hubiera logrado resistir en Nueva Orleans hasta la cosecha de algodón, podría haber desembarcado en Europa más de tres millones de libras de algodón. A la Confederación se le había ido la mano, había cerrado el grifo pero había perdido la capacidad de abrirlo. Se habían encontrado nuevos proveedores en India, Egipto y China, y el precio de los bonos era menos atractivo. Sin mercado de bonos, el gobierno confederado se vio obligado a imprimir papel moneda sin respaldo, para pagar la guerra y sus otros gastos, por un valor de 1.700 millones de dólares. Pero al final de la guerra los billetes verdes de la Unión todavía valían 50 centavos en oro, mientras que el valor de los billetes grises de la Confederación era de sólo un centavo. Estalló la inflación, los precios aumentaron en torno a un 4.000 por ciento, mientras en el Norte lo hacían sólo en un 60 por ciento. Los bonistas perdieron todo el dinero.

Obviamente las circunstancias no son las mismas que ahora, si exceptuamos la impresión del dinero sin nada que lo respalde, la repercusión de la caída del precio de un producto básico en la recesión de la economía de una nación, o que los inversores perdieran todo su dinero en una emisión de deuda respaldada por un Estado. Son cosas que nunca más hemos vuelto a ver, ni veremos… ¿no?

Todo esto me surge al ver la cotización del bono a 10 años alemán al 0.10% esta semana.  ¡Gran recompensa! Comiendo con una persona de una entidad financiera de primera línea, hablábamos de la situación de los mercados y del sistema bancario en general. Mi preocupación del último año no era tanto si quedaba algún esqueleto en los armarios, como la ausencia de negocio en los próximos años. Los tipos de interés negativos, la regulación y las fintech que se han puesto de moda en la prensa en las últimas semanas y el sobreendeudamiento de la economía son enemigos bravos y difíciles de lidiar. Le pregunté cómo estaban las cosas por su entidad y cómo hacían para conseguir beneficios.  La respuesta no pudo ser más desoladora. La mayor parte del margen financiero lo seguían haciendo comprando bonos al 1.40% a 10 años contra la financiación del Banco Central Europeo, y que el tamaño de esas posiciones contra los recursos propios del banco eran cada vez una parte mayor del pastel, porque aunque querían, no estaban logrando dar más préstamos, a pesar de bajar sus márgenes. Ante mi pregunta de si no les preocupaba jugar a ese juego y las consecuencias que pueden tener a largo plazo esas inversiones, la respuesta fue todavía más desesperanzadora. ¿Pero tú crees que con la que tenemos en el banco, hay alguien que piense más allá de los resultados de este año? Este año obtenemos esos 150 puntos básicos y a correr. “El encargado” de las cuentas no sabe si le prejubilarán el año que viene o le fusionarán o a saber qué. El mañana ya traerá sus problemas. Como en los evangelios, “somos como las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y el Padre celestial las alimenta”.  Semejanza de Draghi que, he de reconocer, no se me había ocurrido hasta ahora. Se ha creado una situación tal de dependencia, que no sé por dónde saldremos. Los bancos españoles tienen vencimientos de deuda cercanos a los 80.000 millones este año. Si miramos sus CDS, su riesgo de crédito varía entre los 140 y los 250 puntos básicos. ¿Tienen inversiones con esos márgenes? Hemos perdido definitivamente la visión de alguien que logre subirse a las jarcias y divise más allá de las primeras olas que golpean el barco. No sabemos si más allá hay arrecifes o realmente se divisa un paisaje en calma. Todo lo fiamos al corto plazo. Estamos en la economía del instante.

Recuerdo una anécdota entre dos diplomáticos del siglo XX, hablaban sobre la Revolución Francesa y uno le preguntó al otro por las consecuencias de la Revolución Francesa,  a lo que el otro respondió “Todavía es pronto para saberlo”. Buena semana.

Julio López Díaz, 03 de marzo de 2016

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