Viridiana

Viridiana ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes de 1961. Buñuel había abandonado momentáneamente su exilio mexicano para rodarla en España, atendiendo la propuesta de Juan Antonio Bardem y otros responsables de la UNINCI (Unión Industrial Cinematográfica) montada por el partido comunista. El guión había pasado sin problemas la censura: Bardem se aseguró de que el nihil obstat figurara en cada página. A petición del director general de Cinematografía y Teatro, José Muñoz Fontán, Buñuel aceptó un retoque en la escena final: en lugar de quedarse a solas la ex-novicia Viridiana con su primo el ateo (Francisco Rabal), se presenta la escena con la presencia de la criada y novia de este último jugando a las cartas. La película la llevó a Cannes el hijo de Buñuel, Juan Luis, en la camioneta de unos toreros, oculta bajo los capotes. El director general de Cinematografía recogió el premio sin saber que de vuelta a España, en la frontera, lo estaba esperando un motorista con su destitución. Resulta que L´Osservatore Romano había calificado a Viridiana como blasfema. En lugar de prohibirla, el gobierno anuló con efectos retroactivos la autorización de rodaje. A efectos legales, Viridiana dejó de existir. No se podría ver en España hasta 1977.

Algo parecido hemos visto en el mercado este año. Hemos anulado con efectos retroactivos todo lo vivido en los dos primeros meses, y todas las escenas rodadas en China, los países emergentes y los mercados de materias primas se han metido en un estuche metálico de esos redondos que contienen las primeras películas de Greta Garbo.

Resulta realmente difícil convivir en el mundo de la inversión, que sufre una transformación del pensamiento y de la psicología de los inversores tan veloz y profunda. Pasamos de que la tierra desaparezca bajo nuestros pies, a vivir el paraíso en la Tierra, y aquí, el que intenta razonar y buscar un sentido a las cosas, tiene que estar dispuesto a ser pisoteado por las hordas vándalas de las mini tendencias que apenas duran un par de semanas, pero que destrozan todo a su paso. Vemos, por ejemplo, la cotización de BBVA. Desde mediados de diciembre hasta su mínimo de febrero bajó un 24%. Desde mediados de febrero a mediados de marzo subió un 25%. Desde el 14 de marzo al 7 de abril volvió a caer un 18%, y desde ese día hasta hoy ha vuelto a subir un 27%. Eso representaría un movimiento que si lo anualizáramos sumaría alrededor de un 350%. Sin duda, una muestra clara de oportunidades si las coges bien y de auténtico desastre financiero de hacer lo contrario. La cotización, para más aclaraciones, por supuesto, está al mismo nivel con que empezó el año. Entramos casi en el mundo de la física. Se genera una gran cantidad de energía en el sistema, pero que no produce trabajo o resultados más allá de una suma cero. El concepto de entropía puede definirse como la proporción de energía no disponible (que no puede generar trabajo) en relación a la energía disponible (la que sí puede transformarse en trabajo) en una estructura. Me estoy metiendo en un lío, en un campo que no controlo, que me van a caer palos por todos los sitios… La segunda ley de la termodinámica señala que el universo tiende a la máxima entropía, experimentando un continuo proceso de degradación cualitativa irreversible. Es la transformación del orden en desorden. El caos con el que convivimos los traders. Si miramos las posiciones en el mercado del petróleo, vemos cómo hemos pasado de un mes de febrero con los precios a 28$ y máximos históricos en posiciones especulativas vendidas, a precios actuales un 60% por encima y máximos de posiciones especulativas compradas. El que busca el término medio, es permanentemente castigado.

Aquí tengo que meter un disclaimer. Yo vivo de estar aquí delante de las pantallas todo el tiempo, pero lo que motiva al común hombre de la calle a estar en los mercados metido es algo digno de psicoanálisis. Por cierto, según escribo esta epístola, abre la cotización de Telepizza con una caída sobre el precio de salida del 13% (y eso que salió al mínimo de la banda de precios). Comisiones para las entidades financieras colocadoras, pasta para el capital riesgo, pasta para el equipo directivo (sí, las remuneraciones variables se ligan a esta serie de hitos) y para el público… Me queda por ver si veremos demandas de inversores atribulados que no les explicaron muy bien que el valor podía caer. Supongo que intentarán maquillarlo a lo largo del próximo mes, pero pinta mal la cosa.

Quizá los mercados sean un mero reflejo del resto de la sociedad. Uno de los principales problemas del mundo actual es la ausencia de reflexión. Con un añadido, y es que realmente no está mejor remunerado el que reflexiona que el que actúa simplemente a impulsos. Todo nuestro pensamiento es instantáneo y poco duradero, y la presión que se tiene por mantener un discurso enfrentado es muchas veces insoportable. Vivimos en un mundo sin certezas, en el que cambiamos de opinión por un mero titular de noticia en un periódico (noticia que, en la mayoría de los casos, ni leemos ni contrastamos). Un mundo sin marcha atrás, donde una vez te han colocado un sambenito o sale tu nombre relacionado con cualquier tema sospechoso, estás sin defensa posible. La famosa presunción de inocencia ya no existe (ciertamente, a base de escarmientos). El mundo se guía por la emoción y no por un pensar racional. Un mundo sin apenas convicciones y en muchos casos perdido. Un mundo con las estructuras de los Estados que parecen demasiado grandes y alejadas, despersonalizadas que, parafraseando a Kapucinsky “carecen de la imprescindible dimensión humana y no ofrecen espacio para contactos entre las personas”. Y esto provoca la reacción contraria, una cierta vuelta a un tribalismo sui géneris, a ese mundo remoto y atávico que había sido habitado por grupos de alrededor de medio centenar de personas (luego nos damos cuenta, demasiado tarde, de que el ejemplo biológico más parecido son las juntas de comunidades de vecinos y ya sabemos cómo acaban). Un mundo (concretándolo en Europa), que no sabe si es un museo de algo que fue pero que ya no está en la calle, o un laboratorio donde científicos de Wall Street o Francfort experimentan con fármacos sociales, cómo reaccionamos ante diferentes estímulos y sensaciones, cuál es el máximo dolor que podemos soportar…

Llevo 1081 palabras, me he puesto muy filosófico y todavía no he arreado a los Bancos Centrales. No perdamos las buenas costumbres. En el capítulo de hoy, el protagonista es el Banco de Japón. De los tres grandes bancos centrales del mundo, es el único que reconoce abiertamente que interviene en los mercados de acciones. Lo hace a través de ETFs, que para los profanos en el tema, son fondos cuya cartera quiere replicar el funcionamiento de un índice, en el caso que nos ocupa, de acciones. Es una forma de intentar evitar el riesgo de que les acusen de beneficiar a determinados jugadores de los mercados. Al final, compran acciones de todas las empresas que componen los índices, en función de su ponderación. Da igual que estén endeudadas o no, estén caras o baratas, no hacen un estudio de las empresas. Pues bien, después de varios años interviniendo los datos que se han publicado esta semana, es que el Banco de Japón ya está entre los diez accionistas más grandes del 90% de las empresas, y que de seguir a este ritmo, o doblándolo como está en las apuestas del mercado, a final de año podría ser el principal accionista del 15% de las empresas del Nikkei…

Como decía Tagore, el que lleva su farol a la espalda, no echa delante más que su sombra.

Buena semana

Julio López

P.D. Telepizza cae al final de esta carta ya un 18% (13.26 horas)

Julio López Díaz, 27 de abril de 2016

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