Esquilache

Una de las revueltas más famosas en España fue el llamado Motín de Esquilache, por el ministro plenipotenciario que se había traído Carlos III cuando dejó Nápoles. Uno de los cambios que quiso realizar fue el de la vestimenta. Muchos de los mafiosos que deambulaban por las calles madrileñas iban envueltos con chambergo y capa larga, con lo cual cuando había un delito, eran imposibles de identificar los malhechores. El pueblo de Madrid se levantó contra estas medidas y logró el destierro del ministro. Parecía que el chambergo se mantendría como prenda, pero no todo había acabado ahí. El sustituto de Esquilache, el conde de Aranda, obtuvo con gran tacto, sin la menor violencia, que se adoptara la capa corta y el sombrero de tres picos. Uno de los medios que utilizó para desacreditar el chambergo y la capa larga fue ordenar que obligatoriamente los usaran los verdugos y sus ayudantes en el desempeño de su oficio.

Así, entre los espasmos provocados por el Brexit y la sangre corriendo por los mercados financieros europeos, la bolsa americana, de forma silenciosa, ha conseguido lo que quería, romper sus máximos históricos. Desde luego, el mercado ya tiene pocas ganas de andar buscando posiciones cortas. La mayoría de esas posiciones tenían como límite esos niveles y ya sabemos que el mercado siempre va a producir el máximo dolor. Y esta vez el dolor era apretar a un mercado que “racionalmente” está bastante infraponderado de renta variable. Después del susto de agosto del año pasado, la gente puede tender a cuadrarse las posiciones y tener el mínimo riesgo posible en las carteras y que vivamos de nuevo el agosto alcista de 2012 después del “haremos lo que haga falta” de Draghi en julio de ese año. Ha tenido todos los motivos del mundo para caer y no lo ha hecho. Es difícil encontrar la explicación a este comportamiento, pero ya saben que a nosotros nos preocupan menos las causas de los movimientos que su reflejo en el mercado. Llevamos muchos meses de salidas consecutivas de dinero de los fondos de inversión, de revisiones a la baja de estimaciones de beneficios de las empresas y de crecimiento de los países, pero aquí estamos. De hecho, si a las caídas aparentes en las bolsas europeas les quitamos el efecto perturbador del sector financiero, la visión de su rendimiento no sería negativa. Una muestra más de que el mundo financiero  y el mundo de la economía real son dos mundos paralelos pero no iguales, y que el que este último ande renqueante, no supone que el primero no tenga un desempeño positivo para sus jugadores.

Si analizamos el mercado americano desde un punto de vista técnico, nos encontramos lo siguiente: desde marzo del año pasado teníamos una serie de indicadores de muy largo plazo (mensuales) que dieron señal de venta. Eran señales que se habían repetido en el año 2000 y en el año 2007 y que desencadenaron movimientos a la baja fuertes. También la dio en el verano de 2011, pero en este caso duró apenas un par de meses por la implantación de un nuevo QE. En esta ocasión, parece que esta señal de venta se está resolviendo con un movimiento lateral de los índices, y aunque el indicador principal sigue vendido, está a punto de girar y darse la vuelta. Luego hará lo que sea, una divergencia o una entrada que realmente no llegue a realizarse, pero desde luego es un aviso para no intentar de momento posiciones cortas. El movimiento, a diferencia de lo que comentamos el año pasado, ya no se está concentrando tan solo en un pequeño número de empresas, sino que la línea que dibuja el ratio de acciones en altos anuales frente a acciones en bajos anuales no para de subir. El ratio compra de opciones de venta frente a compra de opciones de compra está en su mínimo de los últimos ocho meses, y el diferencial de los bonos high yield respecto a los de investment grade está en un nuevo mínimo. Son todo señales que apuntalan el sorprendente movimiento. La labor de zapa de los Bancos Centrales tiene mucho que ver en esto, al haber pervertido todas las formas de valoración conocidas. Y así se demuestra en las convulsivas compras de activos con tipos de interés negativos de las dos últimas semanas, como si se fueran a acabar, pero cuando hablamos de mercados no lo podemos sacar de la ecuación. Esta semana, por ejemplo, viene animada por la victoria en las elecciones del partido en el gobierno en Japón, que se interpreta como un apoyo a las medidas de intervención cuantitativa del Banco de Japón que “tantísimo éxito” han tenido en su situación económica actual. Y además con la visita del antiguo chairman de la FE, Helicopter Ben Bernanke, el máximo exponente intelectual y físico de las políticas keynesianas que se pueden resumir en la frase “A largo plazo todos calvos”. De quién pagará la deuda seguimos sin tener noticias.

Para que este movimiento se apuntale también en Europa, es condición necesaria pero no suficiente, que se incorpore el sector financiero. Y para eso hace falta algo más que las dotes del mago de Francfort. Esta última semana la vedette a la que querían entrevistar todas las televisiones era la banca italiana. Ya saben que junto a las figuras de Nazca y cómo se construyeron las pirámides de Egipto, el tercer gran misterio de la humanidad pendiente de descubrir es qué tienen los bancos italianos de mierda en sus balances. Aprovechando que Cameron pasaba por Valladolid, el primer ministro Renzi aventuró la necesidad de rescate de su banca. Y por ahí es por donde vienen los problemas, porque la posición de Bruselas y la de Roma son diametralmente opuestas. La idea de Renzi es muy simple. Han llegado a una cifra mágica que son 40.000 millones de euros (cifra que me parece corta con alrededor de 360.000 millones en activos problemáticos). Estas son las necesidades de capital estimadas para solucionar el problema de los bancos. Y para ello, emito deuda por 40.000 millones (ya saben que da igual ocho que ochenta) y que me la compre el Banco Central Europeo que para eso hace dinero como churros, y la inyecto en vena a los bancos. El problema es que a raíz de la crisis de los bancos chipriotas, una de las decisiones consensuadas tras arduos debates fue que ya estaba bien de socializar las pérdidas con las ayudas de los gobiernos, y que fueran las distintas partes del pasivo de los bancos los que arrearan con el problema. En Chipre fue muy fácil, porque a quien hiciste la cusqui fue a los inversores rusos que perdieron gran parte de lo que tenían depositado. En Italia cambia la cosa, porque los conciudadanos de Valentino Rossi tienen en sus huchas 31.000 millones de deuda subordinada de bancos italianos y 250.000 millones de deuda senior, y lo que es peor, que seguramente algo de este papel esté también en manos de los descendientes de Don Corleone, y eso son palabras mayores. Y es que es una putada para los gobernantes que esos ciudadanos tengan el derecho, cada cierto tiempo, de depositar un voto en una urna y mandarlos de vacaciones permanentes al Lago di Garda. Y ya saben que el poder desgasta, pero el no tenerlo lo hace todavía más, como decía mi tocayo Giulio Andreotti. Y aquí volvemos a las palabras del gran cínico de nuestro tiempo, Jean-Claude Juncker cuando decía aquello de “sabemos lo que tenemos que hacer, pero si lo hacemos no nos votan”. En definitiva, y como llevamos viendo los últimos siete años de crisis, las leyes están hechas para saltárselas cada vez que al dirigente de turno no le venga bien cumplirlas.

Es el panorama político que tenemos por delante. A ver cómo salimos. Como decía Churchill del primer ministro laborista Clement Attlee: “El señor Attlee es muy modesto. Aunque tiene muchas razones para ser modesto…”

 

Julio López Díaz, 13 de julio de 2016

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